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Viernes, 29 de julio de 2016

parábola del buen taxista
Escrito por Ruy Feben

No pronunció una sola palabra. No indagó sobre mi lectura, omitió la conversación sobre la desgracia política del país y las rubias que han abordado su vehículo. Acaso preguntó qué ruta, y la siguió sin chistar. Ni siquiera husmeó de reojo mis pertenencias. Era, maldita sea, el taxista perfecto.

 

Me sentí ofendido. Respondí de la única forma posible: como pasajero perfecto. No regateé la tarifa ni refunfuñé por el tráfico. Demostré confianza infalible, y al final dije buenas tardes.

 

Cuando bajé del taxi, vi odio en sus ojos, como echándome en cara lo feo que resulta en estos tiempos alguien tan desfachatado que haga parecer del viaje en taxi un paseo placentero.



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