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El claxon de cancerbero (Proyecto concluido)
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El infierno de las obsesiones suele convertirse pronto en amnesia galopante. Es decir: en cuanto una obsesión nos toma por el cuello, revertimos el efecto con la negación y el olvido sistemático. Igual que cuando se deja de fumar y, para calmar las ansias, la estrategia definitiva de control es agitar la mano con modos circenses cada vez que alguien enciende un cigarrillo, poner cara de huevo revuelto y esgrimir de inmediato las razones por las cuales fumar es no sólo dañino y mortal, sino bastante maleducado.

 

De eso trata este blog. De los silencios que ponemos como andamio de nuestras obsesiones. Del infierno disfrazado de comida familiar. De la literatura como ejercicio equivalente a la peda de buró. Mejor: de hacer literatura miniatura en una ciudad mutante; de cómo la vida en la ciudad megalómana es una obsesión, y un infierno, y una literatura en sí misma.

 

Cualquier parecido de este blog con la realidad, es, precisa y humildemente, mera ficción. Más precisamente, meras ficciones, de 666 caracteres cada una, siempre, sólo porque la numerología es una de las innegables obsesiones del autor, quien cree firmemente que el infierno, si es verdaderamente infierno, cabe en apenas unas pocas frases.

 

Viernes, 29 de julio de 2016

fotostática
Escrito por Ruy Feben


No tengo más opción que despedirme de ellos. Así que lo mejor fue explicarles.   Hoy por la mañana el Partido Oficial decretó que todos los clones deberían destruirse. La polémica ardió con un asesinato por el cual no se supo si incriminar al clon o a su dueño. Tras una serie de pesquisas, se descubrió que los clones habían adquirido independencia: vivían vidas propias cuando sus dueños no los urgían a salvar citas duplicadas. Así que volveremos al mundo anterior, de cancelaciones y decisiones.   Mis tres me miran sin entender. El timbre suena. Vienen por ellos; indico . . .


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Viernes, 29 de julio de 2016

púrpura
Escrito por Ruy Feben


  Hundido en el matorral, Manuel tiembla. Mira a lo lejos piquetes certeros, ojos que explotan, pus brotando de los cuellos: el enjambre voraz embestir una procesión, guarecida bajo figuras de porcelana y estandartes de santos, atrapada en el camino escarpado que bordea el monte. Arriba el cielo es púrpura.   Por el acantilado vuelan cuerpos aterrados que semejan cruces, miembros hinchados, gritos dolientes, abejas cazando a muerte. Manuel escucha un zumbido acercarse y aprieta los ojos.   Despierta de un salto, sudado por la pesadilla. A lo lejos, la figura de San Juan Bautista; al fondo, un niño agita un panal; en el horizonte, el cielo apenas se pi . . .


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Viernes, 29 de julio de 2016

la noción del espacio
Escrito por Ruy Feben


Crash (parece lejano: “la sorpresa”, se dijo): sintió un mínimo temblor, un descontrol minúsculo antes de perder noción del espacio y estrellarse con una camioneta. El sol no le daba de frente; no hubo humo cegador. Sólo un rasguño en la defensa y el tedio por los gastos imprevistos: el íntimo apocalipsis citadino reptando por la avenida a diez cuadras por hora.   Baja del auto consternada, con el celular en mano. En cuanto el tacón toca el suelo, otro temblor. Mínimo.Crash (un poco más cerca, trepidando). La calle desierta y, sobre el rascacielos que corona su peq . . .


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Viernes, 29 de julio de 2016

dear mr. blank
Escrito por Ruy Feben


Este mensajero sólo entrega cartas mortales: los destinatarios las abren y caen muertos en cuanto ven el contenido. Como tú ya intuyes el desenlace, sobra decir que cada misiva explica con detalle sus motivos: infarto, muerte cerebral, el veneno atrasado de una venganza.   Pasemos pues al final, que ya conoces: el mensajero saca de su bolso un sobre; lee el nombre, se queda perplejo: duda. ¿Debe entregar esa carta? Pensarás que ha visto el nombre de su mujer o hasta el suyo propio, y te quedarás tranquilo, creyendo que descifraste el trágico destino del cartero.   Desconoces que, justo ahora, lamentándose por el lector de su hist . . .


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Viernes, 29 de julio de 2016

el bunker
Escrito por Ruy Feben


La luz de la tarde alarga mi sombra, que se deforma sobre el asfalto roto hasta alcanzar con la cabeza la puerta del bunker. La gente hace fila para refugiarse bajo antenas potentísimas y cañones precisos. Hay incertidumbre; nos enteramos por el comunicado emitido en la mañana, pero se sabe poco: que los cyborgs declararon la guerra, que algunos incluso han tomado forma humana. Que el plazo para ocultarse vence esta noche. Que después, la muerte.   El sol sigue bajando; detrás de mí ruge una turba, ansiosa por entrar antes del anochecer. La última luz pega sobre mi brazo que, ya convertido en metal, ilumina por última vez las car . . .


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