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El claxon de cancerbero (Proyecto concluido)
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El infierno de las obsesiones suele convertirse pronto en amnesia galopante. Es decir: en cuanto una obsesión nos toma por el cuello, revertimos el efecto con la negación y el olvido sistemático. Igual que cuando se deja de fumar y, para calmar las ansias, la estrategia definitiva de control es agitar la mano con modos circenses cada vez que alguien enciende un cigarrillo, poner cara de huevo revuelto y esgrimir de inmediato las razones por las cuales fumar es no sólo dañino y mortal, sino bastante maleducado.

 

De eso trata este blog. De los silencios que ponemos como andamio de nuestras obsesiones. Del infierno disfrazado de comida familiar. De la literatura como ejercicio equivalente a la peda de buró. Mejor: de hacer literatura miniatura en una ciudad mutante; de cómo la vida en la ciudad megalómana es una obsesión, y un infierno, y una literatura en sí misma.

 

Cualquier parecido de este blog con la realidad, es, precisa y humildemente, mera ficción. Más precisamente, meras ficciones, de 666 caracteres cada una, siempre, sólo porque la numerología es una de las innegables obsesiones del autor, quien cree firmemente que el infierno, si es verdaderamente infierno, cabe en apenas unas pocas frases.

 

Viernes, 29 de julio de 2016

rehab on karmaholism
Escrito por Ruy Feben


Muchos intuyen que en otra vida fueron Cleopatra o César. Yo no. Yo sé que fui Napoleón. Lo supe desde pequeño: el repentino dominio del francés y la guerra, la mano obsesivamente entre los botones del sweater, la ínfima estatura. Lo confirmé cuando la médium me permitió besar de nuevo a Josefina. Entonces lo supe con terrible certeza: yo fui Napoleón.   Gané todo para Galia, perdí en Waterloo; detoné guerras mundiales y el imperialismo mundial. Fui el anticristo uno de Nostradamus. Así que no se culpe a nadie de mi muerte. Según mis estrategias de guerra, a falta de Santa Hel . . .


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Viernes, 29 de julio de 2016

internauta
Escrito por Ruy Feben


En sólo dos horas calibré la señal: ahora tengo el más novedoso sistema de internet de ventana. Puedo tener los Pirineos o el mar a 50 metros, con un clic. Así que observo por última vez la obsoleta calle. Una camioneta golpea un carrito de hot dogs. Los bollos vuelan en el cielo gris, el vendedor intenta gestos de salvación. Del auto baja otro hombre: se acerca por detrás, junta y alza los brazos, el bat roza la gorra sobre la cabeza sudada. Un ajuste de cuentas, quizá una película de Tarantino. Nadie observa, sólo yo.   El sistema de internet de ventana inicia en automático: veo París. Para vo . . .


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Viernes, 29 de julio de 2016

estación insomnio
Escrito por Ruy Feben


Mi empleo de redactor de nota roja tiene algo de poético. Por ejemplo: encontraron al moribundo Julián Reyes en el km. 14 de la carretera a Toluca. En la ambulancia nos contó de manera difusa que, contra su costumbre, no logró dormir en el asiento del bus que abordó una semana atrás. Recordaba poco: el insomnio repentino abrió la alucinación; sin saber cómo, terminó perdido en La Marquesa. En un momento de lucidez, Julián sonrió con los ojos cerrados, los abrió como queriéndose comer el mundo a vistazos y dijo:   - Así que éste es el insomnio de la vida.   En ese mome . . .


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Viernes, 29 de julio de 2016

cristomonte
Escrito por Ruy Feben


Lo planea con precisión de cirujano: se verán a las 17 hrs en el restaurante, pedirán pasta y vino. Festejarán su ascenso: será caballeroso con su mujer, fraternal con su amigo. Su gesto no dejará entrever un solo rencor. Sin que nadie lo sepa, la mesa estará a nombre de Edmundo Dantés. Sonrisas, las sonrisas de siempre. Tocará en secreto la pierna de su esposa. Luego, el brindis:   - Quiero agradecerles por el apoyo, en especial a mi esposa y a mi gran amigo, por traicionarme juntos durante años.   Vendrá entonces el estupor colectivo en la mesa del señor Dantés, el silencio sorpresivo, . . .


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Viernes, 29 de julio de 2016

Puerto Vallarta
Escrito por Ruy Feben


La luz lo cegó al abrir los ojos. De a poco se fueron dibujando en fondo azul líneas verdes, hojas, palmeras. Movió la mano, pesada en medio del agua. Donde terminaba la alberca, alcanzó a ver una línea dorada, luego cobalto, que identificó con el mar. Estiró el brazo, alzó el pulgar. Con la mente trazó los colores. Pintó su belleza personal, el cuadro perfecto. Un cangrejo rojo como el fuego le atizó el dedo. Sonrió.   La luz lo cegó al abrir los ojos. Brazo estirado, pulgar arriba. En fondo blanco, una cucaracha, de una pulgada exacta, se inmovilizó.   - También alucin&oac . . .


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