Por absurdo que sea, Manuel Manilla es un personaje prácticamente desconocido para la mayoría de la gente. Sus fabulosos grabados son confundidos con frecuencia con los de Posada, sobre todo cuando el tema son calaveras. Manilla es, pese a todo, precursor de Posada.
¿A qué se debe tal desdén, que aunque ha intentado ser remediado en fechas recientes con la divulgación de su obra no ha fructificado aún? Son varias las respuestas. Una de ellas tiene que ver con cantidades. La producción de Manilla llega apenas a casi 600 grabados conocidos –monto escaso si se le compara con los más de 15 mil que produjo Posada, pero suficiente para constatar su enorme gracia como grabador e ilustrador. Otra es de mayor fondo, ya que de acuerdo a Mercurio López, involucra un asunto político ideológico. Manilla no encajaba en la línea discursiva que surgió del movimiento revolucionario. Por eso se le relegó al olvido durante muchos años. Una más tiene que ver naturalmente con el peso enorme de Posada, que fue quien lo sustituyó en la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo. Siendo 22 años más joven que Manilla, el grabador de Aguascalientes apabulló a todos con su enorme destreza. No deja de ser paradójico que Posada haya muerto en condiciones precarias y que terminara sepultado en la fosa común, al lado de tantas calaveras.
Regresando al caso de Manilla, sabemos poco sobre su biografía. No hay documentos oficiales que acrediten su paso por este planeta. Se conoce que nació en la ciudad de México en 1830; tuvo muy probablemente un hijo que siguió sus pasos en el grabado; se afirma, además, que Manuel Manilla murió en 1895 a causa del tifus.
La pista más segura a través de la cual lo podemos seguir es el conjunto de su estupenda obra. Manilla fue un cronista gráfico de su tiempo. Sin embargo, sus grabados tiene un aliento popular que rebasa esa etiqueta. Es cierto que sus figuras son algo toscas y acartonadas; también es verdad que no dominaba la perspectiva... en esas cualidades y en esa genuina ingenuidad reside en mi opinión su mayor encanto.
Hay muchos de sus grabados que son fascinantes. Uno de ellos salta a la vista por lo curioso. Se trata de la representación de la Torre Eiffel vertebrada, con base en puros cráneos.
Los temas que grabó y dibujó Manilla fueron múltiples: escenas religiosas, estampas de corridas de toros, ilustraciones para juegos infantiles, hojas con calaveras, grabados de personajes vernáculos y populares, actos de magia, circos... en fin, todo un cosmos ejemplar del siglo XIX. Durante los 10 años que trabajó para la imprenta de Vanegas Arroyo. De 1882 a 1892, Manilla ilustró cerca de sesenta cuadernillos, que la gente más humilde podía comprar por su exiguo costo, que oscilaba entre los tres y cinco centavos. Si consideramos el alto grado de analfabetismo de aquella época en México, nos percatamos de la dimensión tan relevante que las imágenes de Manilla tuvieron entre la gente de su tiempo. Algunas de sus estampas fueron impresas con rústicos colores, que les dan una vistosidad muy peculiar que cautiva, ya que reflejan con precisión la pátina del tiempo.
Lo que se disfruta mucho, además, del arte gráfico de Manilla es en ocasiones la redacción y el contenido de los textos que ilustraba. Un ejemplo de esto lo encontramos en el volante que anuncia El Gran Juicio Universal, donde se advierte con pasmosa precisión el día en que el renombrado astrónomo austriaco Rodolfo Falb pronosticaba que llegaría el fin del mundo: el ¡¡14 de noviembre de 1899, a las 12 y 45 minutos de la noche!! Al ver esa estampa, no pude menos que recordar a los agoreros contemporáneos que, con otros medios más modernos y efectivos, nos alarman constantemente sobre la próxima extinción del planeta por causa del horripilante "calentamiento global".
El grabador José Arellano Fischer define muy bien a este artista: “Manilla es un hombre sin tesis, como los artistas que más tarde formaron la Escuela de Pintura al Aire Libre [...] Fija su interés en la escena de la vida cotidiana [...] Es un hombre integrado en universo cotidiano, lo asimila, lo absorbe y lo plasma de manera magistral [...] Su principal valor es personal, su estilo es muy de su México, de lo que ve, sin delirio de influencias extranjerizantes, sin ambición por lo ajeno."
Recientemente, se han editado sendos libros donde se valora a Manilla: el que publicó Jesús Martínez en Ediciones La Rana; y la “monografía” de 598 estampas de Manuel Manilla, grabador mexicano, por Mercurio López Casillas, con texto introductorio de Jean Charlot, lanzado por RM Editores. Si bien ambos libros son magníficos y existe registro del trabajo de su obra en algunas otras publicaciones como La Muerte en el Impreso Mexicano, la realidad es que Manilla –junto con el yucateco Vicente Gahona “Picheta”– sigue aguardando que se le restaure el prestigio que merece ante la estimación de la opinión pública mundial.
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