Es el “invitado feo” de las próximas fiestas de 2010. El clásico pariente que llamas para que venga a tu cumpleaños con todas las ganas de que no se aparezca porque es un “mala copa” que se la pasa coqueteando con las mujeres, buscando bronca con los hombres, contando chistes de los que nadie se rie, y al final se pone a chillar hasta que lo duerme la borrachera.
En la publicidad gubernamental sobre los festejos del Bicentenario, la Revolución Mexicana ocupa un segundo lugar. No brilla tanto como la Independencia Nacional. Y es que es más sencillo sacar a relucir al padrecito Hidalgo, al valiente Ignacio Allende, al gran Morelos, a Doña Josefa y su esposo, a Mina, a Guerrero y a Guadalupe Victoria, porque para el discurso oficial, todos ellos pueden mezclarse en una sola idea: un grupo de patriotas mexicanos que dieron su vida para que el paÃs dejara de ser una colonia española. “¿Pero que acaso no fue asÃ?” podrÃa preguntarme alguien, y yo tendrÃa que contestarle que no, o que por lo menos no fue ese su único interés.
Lo que llamamos Guerra de Independencia es una etapa de nuestra historia en la que estuvo en juego mucho más que simplemente convertirnos en un nuevo paÃs. Pero, al estar ya tan lejano, es más sencillo imponer un recuerdo y eliminar todos aquellos aspectos que chocan con el discurso oficial, como las matanzas de Hidalgo, el arrepentimiento de Morelos, y el hecho de que al final ellos no lograron la Independencia: ese mérito corresponde a uno de nuestros villanos favoritos: AgustÃn de Iturbide.
Para la propaganda gubernamental la Guerra de Independencia es muy simple y eso la hace fácil de utilizar. Además de que cuenta con un ritual muy poderoso que ha entrado en la psique del mexicano y que apela a sus emociones más escondidas: la fiesta del 15 de septiembre, en la que por una noche el presidente en turno se convierte en el heredero de todos los héroes nacionales y por ello tiene el derecho de tocar la campana del cura Hidalgo, llamando a las masas al festejo nacional.
Con la Revolución no pasa asÃ. Me parece que, por lo menos para el gobierno actual, no es tan fácil manejarla como lo hace con la Independencia. Y ello se debe a dos motivos:
Primero, a pesar de que, como señala Daniel CosÃo Villegas en un muy famoso ensayo, la Revolución Mexicana no tuvo un discurso ideológico claro (puesto que no es lo mismo el anarquismo de los Flores Magón que la democracia liberal de Madero que los reclamos campesinos de Zapata que el nacionalismo de Cárdenas, y otros más), al final dos ideas se impusieron en el imaginario colectivo sobre la Revolución: ésta se llevo a cabo para que a) nunca más el poder estuviera en manos exclusivamente de unas cuantas personas, y b)para que toda la población mexicana sin importar sus orÃgenes, pudiera tener una vida mejor.
Por esa razón durante el siglo XX (y luego de la matanza que caracterizó a sus primeras décadas) tuvimos un montón de presidentes que no se eternizaron en el poder y además el sistema polÃtico mexicano creó muchas instituciones que tenÃan por fin último beneficiar a las masas. Es entonces cuando surge la SEP con la intención de que todos los mexicanos se educaran, el IMSS y el ISSSTE para que no se enfermaran, la UNAM para producir conocimiento y capacitar a los futuros burócratas que tendrÃan de por vida un trabajo dentro del Estado, el INBA y el INAH para conservar y transmitir nuestra cultura, y otras instituciones más.
El hecho de que ese montón de presidentes provinieran del mismo grupo polÃtico y que esas instituciones hayan sido usadas para legitimar a los nuevos gobernantes no es relevante (en este caso). Quedémonos por ahora con la idea de que el sufragio era efectivo porque permitÃa la renovación constante de las personas en los cargos polÃticos, y que además el Estado se preocupaba por que sus habitantes vivieran cada vez mejor.
Entonces, el primer escollo de la Revolución Mexicana radica en la contradicción entre sus objetivos (tal y como los elaboró el recuerdo oficial) y sus resultados: Si mis abuelos se mataron hace 99 años para que yo pudiera elegir a mis gobernantes y para que tuviera una vida mejor, ¿por qué entonces me gobierna una bola de babosos que sólo piensan en sus intereses y yo vivo cada vez peor, con menos dinero, menos educación, menos salud y ante mà tengo un futuro incierto y horrible?
El segundo gran problema de la Revolución Mexicana (por lo menos para el gobierno actual) está en que durante décadas fue utilizada por el anterior sistema para legitimarse a sà mismo ante la nación. La lucha de personas con intereses tan distintos (y por ello mismo enfrentados entre sÃ) como Zapata, Villa, Obregón, Calles, Madero, Carranza, Cárdenas y otros, fue “licuada” por los gobiernos de la familia revolucionara para conseguir lo que señalé antes: un discurso en el que se estipula que todos ellos murieron para que el sufragio fuera realmente efectivo y los mexicanos tuvieramos un futuro esplendoroso, y para que esa familia revolucionara pudiera presumirse como la heredera de todos aquellos que pelearon contra los “enemigos de México”.
Ante una oligarquÃa que concentraba todos los recursos y mantenÃa esclavizada a la nación mexicana, los héroes revolucionarios se levantaron en armas, acabaron con el “gran traidor nacional” (don Porfirio DÃaz) y con sus aliados (el clero, los empresarios y los militares), y crearon un nuevo sistema, democrático y nacionalista para el beneficio de las grandes masas. Ese es, a grandes rasgos, el discurso histórico que los gobiernos de la revolución impusieron al paÃs desde 1916. La familia revolucionaria (PNR, PRM y PRI) se asumió como la única que tenÃa derecho a gobernar este paÃs y a imponerle un proyecto nacional, porque tenÃa la legitimidad que le daba el ser la depositaria de todas las luchas contra la “reacción”, y porque sólo ella sabÃa lo que le convenÃa al paÃs y cómo lograrlo.
El actual gobierno panista (surgido en el año 2000 y que ya lleva dos presidentes) no ha sido capaz de imponer una visión de la historia acorde con su proyecto nacional (en el caso de que tenga uno). El intento de crear una nueva versión del pasado nacional basado en la lucha de los soldados cristeros en el centro del paÃs durante la primera mitad del siglo XX se ha estrellado contra la barrera ideológica que construyeron durante décadas los anteriores gobiernos de la Revolución. Simplemente es imposible pretender que la cristiada tiene la fuerza para lograr que una imagen tan poderosa como la de Francisco Villa pueda ser relegada del imaginario nacional.
El PAN tiene en su historia un elemento que podrÃa usar para congregar a su alrededor a un amplio grupo de la nación mexicana: la lucha de un sector de la clase media urbana que desde los años 40 intentó transformar de manera pacÃfica a México con la intención de convertirlo en una nación moderna y democrática podrÃa convertirse en un sÃmbolo que hoy reuna a esa clase media tan golpeada desde finales del siglo XX. Sin embargo no puede hacerlo, porque para ello primero tendrÃa que deshacerse de todos esos grupos oscurantistas que lo mantienen secuestrado y hoy determinan su postura ideológica.
El gobierno de Felipe Calderón se encuentra entonces ante el problema de tener que celebrar un momento de la historia mexicana que, para el grupo polÃtico del cual él proviene, fue profundamente negativo: la persecución religiosa y la destrucción del orden porfirista son vistas con horror por quienes actualmente nos gobiernan. Y si a eso le sumamos que el PRI (quien tiene toda la intención de volver a Los Pinos en 2012, si antes no se acaba el mundo...¿o será su regreso uno más de los signos de la profecÃa maya?) a pesar de todos sus cambios, giros ideológicos y esqueletos en el closet, todavÃa puede usar el discurso histórico que construyó sobre sà mismo durante el siglo XX, nos damos cuenta entonces de que la Revolución Mexicana está relegada en el proyecto 2010. El gobierno actual la festejará simplemente porque no le queda otra, pero no porque crea que puede empatar sus intereses con la imagen de un Emiliano Zapata.
Y todavÃa me falta mencionar otro factor por el cual el recuerdo de la Revolución preocupa al gobierno actual: la posibilidad de que muchos sectores descontentos ante la situación actual se valgan de ese sÃmbolo para provocar un levantamiento armado es muy latente. El mito de que este paÃs “evoluciona” con saltos centenarios es sólo eso, un mito, pero bien podrÃa seducir a muchas personas por el simple hecho de que apela a los sentimientos y no a la razón. Mucha gente podrÃa pensar: “Si Pancho Villa se lanzó a matar pelones (militares) en beneficio del pueblo, ¿por qué no podrÃa yo hacer lo mismo?”. El mito de una posible revolución en 2010 está basado en el cansancio popular ante un gobierno ineficiente y tan corrupto como sus antecesores, la ignorancia ante las enormes diferencias que hay entre el México contemporáneo y el de hace 100 años, y la gran frustración acumulada durante años por la sociedad mexicana, ignorante de su pasado y atemorizada ante su futuro.
¿Qué hacemos entonces con la Revolución Mexicana? Además de celebrarla (de lo que estoy convencido), creo que es momento para que esa clase media culta e interesada por los problemas nacionales se apropie de los sÃmbolos históricos y los use en su beneficio. La lucha de Madero por la democracia, de Carranza por establecer una nueva constitución, y de Villa y Zapata por mejorar las vidas de los mexicanos, tendrÃamos que utilizarlas para imponer de manera pacÃfica la creación de un nuevo pacto polÃtico, que tenga por objetivo la transformación real de este paÃs y lograr que al fin tengamos lo que nos hemos merecido siempre: un presente mejor a nuestro pasado.
Lo que comenzó en 1910 puede servirnos para transformar a México a partir de 2010. Pero eso sólo será posible cuando la sociedad se responsabilice de sus actos, conozca y entienda su pasado y se atreva a apostarle realmente a su futuro.
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