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26.11.2009 06:59:14
Ida Vitale, amar lo minúsculo e inútil

La poeta Ida Vitale, junto con el también poeta y filósofo Ramón Xirau, fue galardonada este año con el Premio de Poesía y Ensayo Octavio Paz que confiere la fundación que lleva el nombre del Nobel mexicano. Traemos aquí un retrato de la uruguaya que ama lo minúsculo y lo inútil en apariencia.

 

 

Tiende a la simplificación y la esencialidad. Desde niña se le hizo absurdo usar el apellido compuesto con el que firmaban orgullosamente sus parientes, prefirió eliminar el D’Amico y ser sólo Ida Vitale (Uruguay, 1923). Nombre-espejo de concreción, aliento y energía de la poeta que concibe su escritura como un profundo momento de libertad que espera coincidir con la apetencia de los lectores.


Ama los conocimientos supuestamente inútiles, esos relacionados con la naturaleza, la vida de los bichitos y ciertas plantas que el ser humano está destruyendo a fuerza de no reparar en ellos. El libro en prosa El ABC de Byobu (Taller Ditoria), refleja esas historias minúsculas que vagan libres para que Ida las atrape junto a Byobu (biombo en japonés), personaje o conciencia que transcurre en las páginas construidas editorialmente de forma artesanal, junto a demoras, silencios y lombrices.

Nacida en Montevideo el 2 de noviembre de 1923, Ida fue hija única, pasaba bastante tiempo sola y se acostumbró a leer. A los doce años descubrió La guerra y la paz. Recuerda que entonces no le interesaban ni los amores ni las relaciones humanas en esa narración inabarcable sino las estrategias bélicas, gusto alejado del aliento poético pero sí fiel a ese lector absoluto que a veces resulta el niño o el adolescente. Y como tenía cerca de casa una librería de viejo, compraba unas joyas bibliográficas casi regaladas pues tenían pocas páginas mientras el dueño de la librería (también dependiente de una gasolinera) vendía en fortunas las abultadas enciclopedias.

Con la novela y la música clásica como sus principales alientos, Ida tuvo su primer impulso de venir a México durante la adolescencia. Quería estudiar letras y pensó hacerlo en ese país lejano al suyo. Junto con una amiga fue a la embajada a buscar una beca pero como lo único que podían ofrecerle era el ahorro de la inscripción, desistió. El anhelo se cumplió ya de adulta, un poco antes de la dictadura militar que azotó a su nación sudamericana de 1976 a 1984.
 
Aún cuando su familia no era perseguida política ni mucho menos, empezó a vivir el caos y la arbitrariedad en un país donde ser maestra generaba ya sospecha. Decidió emigrar. Mientras sus hijos fueron a Venezuela, su esposo y ella crecieron profesionalmente en México donde -dice- pasó los doce años “más felices” de su vida. Aquí, entre sus labores de traducción, crítica literaria y poesía, fue maestra en El Colegio de México y editó buena parte de su obra entre la que se cuentan Jardín de Sílice, Sueño de la constancia, Léxico de afinidades, Procura de lo invisible y Donde vuela el camaleón. Otros títulos son La luz de esta memoria y Oidor andante.
 
Apasionada del ensayo, género con el que se formó pues abría su cabeza a la divagación y el juego reflexivo, comenta que hoy existe una tendencia lamentable entre los ensayistas -al menos en Estados Unidos- de constreñirse, de limitarse por exigencias de una institución y alejarse de la naturaleza ensayística de ampliar horizontes.

Para ella la divagación se convierte en un elemento esencial; es gimnasia para la cabeza, tan necesaria como ejercitar otras partes del cuerpo más presumibles por visibles. Sin embargo, todos deberíamos de estar ciertos que el cerebro y sus músculos son la parte más distinguible del ser humano, eso que a mil metros a la redonda nos refleja y nos presenta. Por ello, en tiempos donde prolifera en el mundo la tendencia de aprender a vender, comprar con utilidades y hacer la guerra, Ida invita a estar en la resistencia, leer poesía, alimentarse de la narrativa y reparar en esas cosas en apariencia minúsculas e inútiles que casi no interesan a la mayoría.

Ahora Vitale reside en Austin (Texas) pero mantiene sus viajes hacia Uruguay y México de forma constante. En los tres espacios alimenta amigos y escritura en busca de una depuración, de una esencialidad. Y en todo momento conserva su cualidad de exiliada que –asegura- tiene todo escritor: exiliado de un sueño que tuvo y no se cumple; exiliado de una vida imaginaria o de una nostalgia.

Para ella, ese estar y no estar le ha ayudado a no aferrarse a lo inmediato, dejarse tentar por la divagación y el disparate, persistir en esos momentos de libertad que son los de su poesía y le sirven para rescatar lo que le conmueve (un tiempo, una época, un impulso) y abatir el camino a la desmemoria.
 
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Angélica Abelleyra

El inasible, controvertido y a veces insufrible mundo de la cultura la tomó por sorpresa, gracias a un volado, cuando inició su camino en el periodismo desde las páginas de unomásuno hace 25 años. Todo agarró más o menos cuerpito con sus pininos en las áreas de Artes Visuales y Literatura de La Jornada, donde transitó por tres lustros y luego agarró su propio aire como periodista independiente desde 1999 hasta la fecha, con tres libros, ningún hijo, varios árboles y amores ganados más muchos perdidos. Tal es su aferre, que continúa en estos menesteres escriturales y culturosos junto con un proyecto de novela y una zambullida gozosa en las aguas aceleradas de la TV cultural, tanto en Canal 22 como con productoras independientes. Además de pasear sin tregua con su perrita Boxer por los parques chilangos que se dejen, visita muchas galerías y museos; le encantan el cine y los tianguis; practica el yoga y más que comer sanamente, prefiere alimentarse de ocio aunque las calorías sean descomunales.

 

 

 

 

Foto: Manuel Zavala y Alonso, 2009.