Cuento de terror: la noche es abundante. El vecino prueba su stereo: ni un rincón de la cuadra está libre de su ruidosa música, que a veces cede a gritos de fiesta contagiados de una euforia mecánica, casi infernal.
Somnoliento, toco el timbre. El ruido rebasa el muro. Golpeo la puerta. La música cede a mi histeria, el vecino abre, se disculpa: "es que soy artista".
Paso la noche atento al escándalo, deshilando la hebra del arte contemporáneo. La euforia me contagia: hago lo propio.
Amanece. Orgulloso, acabo el poema de Rimbaud que escribà con tinta c...
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