Cultura digital

Protesto ergo sum

 

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Protesto ergo sum

 

por David Casacuberta para la Revista 404 del Centro de Cultura Digital.

 

La primera reacción cuando alguien escucha el famoso dictum de Descartes “pienso luego existo” suele ser perplejidad ante la aparente obviedad de tal afirmación. Sin embargo, pocas ideas han influido tanto en nuestra época como ese cogito. La parte interesante de la declaración cartesiana es la separación completa entre cuerpo y mente: si sólo puedo saber con certeza que pienso, pero no tener seguridad de que tengo un cuerpo, entonces, a fortiori, yo soy diferente de mi cuerpo. Soy sólo mente, soy sólo software.

 

De ahí lo común en nuestra cultura, del arte contemporáneo a la ciencia-ficción, pasando por la prensa o la  imaginación popular, de individuos descorporeizados. Explica la fascinación del cyberpunk por la idea de poder hacer un volcado de nuestra mente en un ordenador y que sea igual a nosotros, el equiparar una persona a sus actividades en las llamadas redes sociales digitales y, por ir al tema de éste y otros artículos de la revista, la manifestación de hologramas.

 

Intuyo que detrás de esta manifestación de hologramas no hay ninguna intención de establecer un nuevo paradigma. Entiendo que es más una acción políticamente inteligente para poder mover en prensa e Internet una reivindicación que, en caso contrario, habría pasado desapercibida. En ese sentido, me recuerda más a ejercicios mediáticos como desnudarse delante del edificio X para protestar por Y. Al menos es algo más original.

Pero el hecho de que una manifestación consistente de gente desnuda llegue mejor a la prensa que con gente vestida dice mucho ­–y no demasiado bien– de nuestra sociedad. De la misma forma, que una manifestación de hologramas tenga sentido y llegue a prensa muestra cuán alargada es la sombra de Descartes.

 

Teóricamente, la premisa de que la mente puede entenderse independientemente del cuerpo no tiene sentido. Y no me refiero simplemente a que el sustrato físico de la mente sea el cerebro. Nuestra cultura aparentemente monista –la mente no es más que la actividad del cerebro– es a la práctica dualista, pues cree en una substancia mental que funciona independientemente del sustrato material. La mente es software que puedo entender independientemente del hardware que la hace posible.

 

Pero ahora sabemos que esta posición –tan mayoritaria a mediados del siglo XX– no se sostiene científicamente. Nuestra percepción visual, por poner un ejemplo, no es simplemente la recepción de unos inputs vía nuestro ojo que son procesados por el software del cerebro y nos permiten reconocer un rostro conocido. Como el filósofo Alva Noë ha argumentado (Noë 2004, 2009) a partir de la evidencia de las ciencias cognitivas: ver es un ejercicio tanto físico como mental en el que la orientación que damos a la cabeza, la posición de nuestro cuerpo y datos externos de nuestro entorno son básicos para poder darle sentido a la imagen recibida desde nuestra retina. Vemos con todo el cuerpo, y no sólo los ojos. Nuestra visión se parece más a un alfarero, que va dando forma a la vasija según la siente en las manos que a un espejo que acríticamente replica lo que se pone delante.

Las mismas observaciones podrían hacerse de cualquier otra actividad cognitiva humana: pensar es un complejo ejercicio que combina  de formas no obvias cerebro, cuerpo y entorno. La idea es tan poderosa que hay toda una revolución científica en marcha,  la tercera generación de las ciencias cognitivas (también conocida como neurofenomenología o enactivismo), que combina ideas filosóficas de la fenomenología con las ciencias cognitivas y las neurociencias para mostrar como mente, cuerpo y entorno interactúan continuamente creando complejos sistemas de referencia.

 

Esta inconsistencia teórica nos permite entender las razones de fondo por las que esta idea de la mente descorporizada es también cuestionable a nivel práctico. Como muy bien apunta Evgeny Morozov en su libro The Net Delusion (Morozov 2012), creernos que podemos ser activos políticamente haciendo un “me gusta” a un post en Facebook contra la corrupción política o virando al color verde nuestro avatar en Twitter para “apoyar” la revolución en Irán, puede tener como consecuencia no deseada una reducción drástica en la participación política real, mientras que, paradójicamente, el autor de los “me gusta” y otras acciones virtuales –como participar en una manifestación de hologramas– cree que está siendo muy activo políticamente y que está ayudando a cambiar las cosas.

 

Otra consecuencia igualmente preocupante es la radicalización provocada por los filtros de recomendación. Como argumenta Eli Pariser en The Filter Bubble, (Pariser 2011) los sistemas de recomendación de Google, Amazon, o de las redes sociales digitales tienden a agrupar personas con creencias afines, de manera que según vamos confiando más y más en la información que recibimos online a través de estas vías, nuestros prejuicios crecen y se hacen más fuertes pues tenemos la clara sensación de que nuestra posición es mayoritaria. Por poner el ejemplo clásico, si uno compra Mein Kampf en Amazon, el sistema le recomendará otros libros de corte nazi: textos revisionistas, defensas del tercer Reich, panfletos anti-migración, etc. Si uno hace caso a esas recomendaciones y compra esos libros irá creando progresivamente un perfil de “nazifilia” que lo irá alejando progresivamente de la realidad cotidiana y convencerlo de que la única visión razonable de la realidad es la nazi.

 

¿Hemos de entrar en línea catastrofista, a lo Morozov, y condenar cualquier tipo de acción política basada en los medios digitales? Pienso que no, y que es necesario encontrar un término medio.

 

Me viene a la mente Ricardo Domínguez y su proyecto FloodNet que desarrolló con el Electronic Disturbance Theater. Eran los primeros tiempos de la World Wide Web, allá en el 97. Lo que viene ahora no es una reconstrucción histórica correcta, sino una narración, una historieta de los inicios de la web para entender algunos principios que, al tenerlos siempre a la vista, tendemos a olvidarlos.

 

Domínguez reflexionaba sobre como podía ser la acción política en ese ciberespacio al que todos nos veíamos abocados, ese mundo virtual en el que uno podía ser lo que quisiera y donde los gobiernos no tenían cabida, como defendía épicamente John Perry Barlow. Pensando en cómo garantizar el derecho a la manifestación en ese mundo virtual, encontró una solución: el “virtual sit-in”.

La idea era sencilla: una persona comprometida políticamente con una causa se descargaba un pequeño programa, el FloodNet, y “apuntaba” hacia un website al que hacía una petición peculiar, una larguísima cadena de caracteres sin sentido. Si eso lo hacía sólo una persona, el servidor que recibía esa petición la procesaba sin problemas devolviendo un mensaje de error. Sin embargo si este ejercicio lo realizaban cientos de personas al mismo tiempo, el servidor se confundía, se le obligaba a hacer un reboot y durante el tiempo que duraba esta sentada virtual ese website quedaba inutilizado, como una carretera cortada por unos manifestantes.

 

Recuerdo como Domínguez explicó el proceso en una conferencia años ha, y lanzó la siguiente idea que a me resultó clave: Cuando Domínguez explicaba el proyecto a activistas clásicos (presenciales) a éstos les parecía una idiotez eso de ir cachareando en un mundo virtual absurdo cuando los problemas estaban en el mundo físico, aquí y ahora. Los hackers, por su parte, le indicaban que FloodNet era muy cruda a nivel de programación y que un hacker con unos pocos conocimientos podía conseguir él solo hacer caer un servidor,  por lo que no tenía sentido y era muy poco eficiente hacerlo con miles de personas. En ese momento, vino a decir Domínguez, vió claro que estaba en el camino correcto, a medio punto entre los hackers y los activistas convencionales.

 

Las acciones de Domínguez consiguieron dar cierta visibilidad mediática a la masacre de Acteal en Chiapas o a las  desapariciones de mujeres en Ciudad Juárez. No sabría medir la efectividad concreta de las acciones de FloodNet. Tampoco sé si actualmente podría hacerse un software equivalente. Pero creo que este proyecto del Electronic Disturbance Theater ofrece las bases desde las que imaginar el activismo político en el mundo digital.

 

  1. El número importa. Lo más interesante de FloodNet era, precisamente, que una sola persona no podía activarlo. Hacía falta que muchas personas activaran el programa a la vez y apuntaran al mismo website.
  2. Acción comunitaria. El ataque de denegación de servicio al website debía tener lugar en un momento determinado. Un grupo de personas, al mismo tiempo haciendo exactamente lo mismo; dejaban de hacer lo que estaban haciendo y activaban ese mismo programa.
  3. Esfuerzo. Además de tener que parar toda otra actividad y activar el programa a una hora determinada, estaba el proceso anterior de instalarlo, y también hay que recordar que en aquella de finales de los noventa, FloodNet podía ocupar mucho ancho de banda con lo que las capacidades de nuestro ordenador quedaban mermadas.
  4. No exclusión. Domínguez quería una aplicación muy sencilla que cualquier usuario de Internet pudiera instalarlo sin necesidad de complejos conocimientos, asegurándose así de que no impedir la participación a cualquier persona interesada.
  5. Riesgo y consecuencias. La acción en sí era discutible a nivel legal. De alguna forma, todos y cada uno de los miembros de una acción con FloodNet participaban en una acción de sabotaje, que podía tener consecuencias: desde que se les cortara momentáneamente su conexión a Internet hasta demandas legales.
  6. Efectividad. En esa época naciente de la World Wide Web, la noticia de que unos cuantos cientos de usuarios podían hacer caer websites del gobierno mexicano o estadounidense era una noticia relevante, y un cuestionamiento de la seriedad  y eficacia de la representación digital de tales instituciones.

 

Si nos fijamos, buena parte de estos requisitos, en el fondo, apuntan a la hipótesis de la mente corporizada, al necesidad de incluir el cuerpo en el proceso de activismo: nuestra vida física ha de estar implicada de forma significativa para que la acción tenga sentido.

 

No tengo todos los detalles, pero creo que es fácil ver cómo la manifestación de hologramas no cumple buena parte de estos requisitos. La solución, sin embargo, no es el ludismo activista y despotricar contra cualquier intento de mover nuestra acción política al ciberespacio. Necesitamos una actitud crítica, pero desde la comprensión de que todo medio nuevo invita a simplificaciones absurdas y a visiones maximalistas. Necesitamos encontrar acciones a medio camino entre el acto puramente presencial y la acción geek que sólo podrían entender cuatro iniciados.

 

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