Cultura digital

La muerte online

 

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La muerte online

 

por Daniel Escamilla para la Revista 404 del Centro de Cultura Digital.

 

Daniel Escamilla explora el porqué las dinámicas vitales online van más allá de la vida biológica, indaga en la relación del capitalismo cognitivo con la existencia nodal y las nuevas maneras de interpelar a la muerte.

 

 

 

"La muerte es algo interminable."

- El viaje hacia el mar

 

Las cuentas en internet parecen reflejar el epígrafe de este texto debido a que la interfaz no distingue quién o qué las opera. Desde las transmisiones radiofónicas de SOS del Titanic o el suicidio del adolescente Zander Nicholas Mahaffey, planeado a detalle y anunciado desde su Tumblr, y las cuentas conmemorativas de Facebook, las tecnologías de la información han traído consigo formas muy específicas de problematizar la muerte.

 

I. La existencia nodal

 

Para comprender en qué consiste estar vivo en el marco de la economía flexible, podemos empezar por analizar la relación que hay entre el capitalismo cognitivo y la producción de información como forma de trabajo y de ocio. Daría la impresión de que las condiciones de producción imperantes desde el inicio del nuevo siglo han permeado nuestra manera de interpelar nuestra subjetividad. Es decir que en esta estética de la información de la que habla Lev Manovich, los “trazos digitales de nuestra existencia” son huellas mnémicas lo mismo en el entramado laboral que en el de la interacción y la organización social. De ello depende, en muy buena medida, la concepción del individuo contemporáneo como un animal nodal y no necesariamente político.

 

Y, ¿a cuenta de qué existe esta relación? Tal vez debido a que el capitalismo cognitivo vino a mercantilizar los vínculos sociales. César Rendueles rastrea un experimento de economía conductual del que habla Dan Ariely en “Las trampas del deseo”. Una guardería en Israel decidió multar a los padres de familia que llegaran tarde por sus hijos, y la medida resultó contraproducente: 

“Antes de que se introdujera la multa, los maestros y los padres tenían un contrato social, con normas sociales que regulaban el hecho de llegar tarde. Así, si los padres llegaban tarde –como sucedía ocasionalmente–, se sentían culpables por ello, y dicha culpabilidad les llevaba a ser más puntuales. Pero al empezar a imponer las multas, la guardería había reemplazado inadvertidamente las normas sociales por las mercantiles. Ahora que los padres pagaban por su tardanza, interpretaban la situación en términos de normas mercantiles. […] Lo más importante se produjo una semana después, cuando la guardería eliminó la multa […] se produjo un incremento del número de padres que se retrasaba1”. (Dan Arieles citado por Rendueles, 2013).

 

La acumulación flexible en el capitalismo tardío hizo posible aquello que la economía tradicional no había logrado: un sistema de equivalencias basado en la premisa de que cualquier cosa es susceptible de abstracción. Las maniobras heurísticas del capitalismo cognitivo permitieron traducir procesos intersubjetivos en datos capitalizables. La paradoja de la panadería planteada por Richard Senett permitirá aterrizar esta idea:

“La panadería informatizada había cambiado profundamente las actividades físicas coreográficas de los trabajadores. Ahora, los trabajadores no tenían contacto físico con los ingredientes ni con los panes, supervisaban todo el proceso en la pantalla, mediante íconos que representaban, por ejemplo, imágenes del color del pan derivadas de datos acerca de la temperatura y el tiempo de cocción de los hornos […] El pan se ha convertido en una representación en pantalla. Como resultado de este método de trabajo, en realidad los panaderos ya no saben cómo se hace el pan2”. (Sennett, 2006).

 

Si el panadero contemporáneo manipula un tablero de botones en vez de amasar, y si el turista del siglo XXI vacaciona subiendo a Facebook la foto de un Starbucks en el muelle de Santa Mónica, entonces debemos hablar de otra forma de subjetividad (igual que se debe hablar de otra forma de alienación). Esta subjetividad se emplaza en el terreno del reconocimiento a partir de relaciones nodales.

 

II. Nuevas maneras de interpelar la muerte

 

En The shape of information, Lev Manovich habla del flujo de información que los internautas consumen, generan, procesan y almacenan, ya sea en su vida laboral o bien en la personal. En un sistema de redes, los nodos se mantienen activos en la medida en que permitan el flujo de información a través de ellos, sin importar quién opera esos nodos. Pensemos en qué pasa con los bots: a pesar de estar programados para decir lo mismo que miles de cuentas similares, cumplen las funciones básicas de cualquier otro internauta. Más aún, pasan desapercibidos en el inmenso entramado nodal. No es casualidad que se necesitara un análisis de Forbes para caer en cuenta de la gran cantidad de bots que "legitiman" las cuentas de los políticos.

 

A partir de esta existencia nodal, ¿qué pasa con esos “trazos digitales de nuestra existencia” de los que habla Manovich cuando uno muere? Vamos ahora con el ejemplo de Facebook, que hasta antes de 2007 daba de baja las cuentas que dejaban de registrar actividad. Si se toma a consideración que el internet es un protocolo para la transferencia de datos entre nodos, salen a flote una serie de interrogantes en torno a cómo puede ocurrir la muerte en este sistema de redes. ¿Qué pasa cuando un nodo deja de procesar datos o cuando el usuario que opera ese nodo pierde la vida? Si bien es cierto que, siguiendo con el ejemplo de Facebook, existen las cuentas conmemorativas, también es cierto que la información y el perfil siguen ahí, permitiendo una cierta interacción. Es decir, cambia el tipo de cuenta, pero seguirá siendo un nodo activo en la medida en que los familiares y amigos mantengan interacción con el perfil a fuerza de publicaciones y reacciones.

 

Joanna Zylinska abordaría este fenómeno como un proceso de biomediación, y argumentaría que las biomediaciones articulan, a su vez, dinámicas vitales independientes de los organismos vivos que las posibilitan. El giro de tuerca para hablar de la muerte online ha venido desde la producción cultural. En Vivir eternamente (2012), José Jiménez Ortíz ofrece una alternativa a la existencia nodal con base en aquello que le sobrevive a las personas que mueren. Un año después, en su capítulo Be right back (2013), la serie británica Black Mirror plantea la posibilidad de una nueva subjetividad a partir de algoritmos que emularían la conducto del finado.

¿Son comparables estas dinámicas vitales con la vida misma? ¿Son equiparables? Probablemente desde el punto de vista de la persona que ha muerto no lo sean, pero si se toman en cuenta las implicaciones que esto tiene en términos de enfrentar el duelo, sí que se destapa la caja de Pandora. El muro de Facebook sería al capitalismo cognitivo lo que el daguerrotipo a la revolución industrial. No en vano el apunte que hace Geoffrey Batchen al afirmar que “aquellos pioneros de la fotografía que intentaron hacer retratos tuvieron que lidiar con un pequeño problema: el exceso de vida3” (Batchen, 1994: 314). El documental In Memory(2015) deja ver que, efectivamente, se articulan muchas dinámicas vitales en torno a la representación de la muerte de alguien.

 

Igual que ocurre con la panadería informatizada, en la sociedad informatizada la lógica que se seguía ha cambiado, se están gestando nuevas maneras de interpelar la muerte, maneras que parten de pensar la existencia como un entramado nodal y ya no como una línea de vida. Y es que, claro, las condiciones materiales marcan la pauta de ello. De ahí la similitud en los discursos de George W. Bush que señala Slavoj Žižek: “We should note the similarity of President Bush’s language in his addresses to the American people after 9/11 and after the financial collapse: they sounded very much like the two versions of the same speech”4. La existencia contemporánea está mediada por una entramado de regulación social que primero fue un método de trabajo.

 

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