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De la crítica de la tecnología al universo cyborg

 

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De la crítica de la tecnología al universo cyborg

 

por Jimena Vergara para la Revista 404 del Centro Cultural Digital.

La crítica tecnológica tiene razón de ser en la contradicción: las potencialidades ambivalentes de la tecnología y como ésta puede estar inscrita tanto en procesos de democratización como en procesos de dominación y perfeccionamiento del control económico, político y social. El presente artículo es apenas un escorzo de los hilos de continuidad que se han tejido entre la tradición marxista y el cyborg.

 

 

El mundo de las cosas de Karl Marx

Hace ya más de un siglo, Karl Marx saldaba cuentas con la filosofía materialista que le precedió. Según el autor de El capital:

 

El defecto fundamental de todo el materialismo anterior-incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. (Marx, I Tesis sobre Feuerbach)

 

En la tradición crítica de la tecnología, la realidad no es objeto (objekt), es también cosa (gegenstand). Entendiendo cosa como aquello donde, además de los factores objetivos -la materialidad natural- están presentes y son determinantes los factores subjetivos que modifican y han dado forma y una nueva existencia a esa materialidad natural:

 

Feuerbach, no contento con el pensamiento abstracto, apela a la contemplación sensorial; pero no concibe la sensoriedad como una actividad sensorial humana práctica. (Marx, V Tesis sobre Feuerbach)

 

Es decir que, para Marx, cuando se reconoce la actividad del ser humano, solo se reconoce como actividad intelectual y se trata de reconocerla como actividad sensitiva. Y más aún que, al transformar la naturaleza, el ser humano no sólo produce cosas, sino que también produce de cierta manera sus propias capacidades cognitivas, les da nuevas formas y nuevas propiedades.

 

Bajo esta perspectiva, el mundo, la naturaleza, y el entorno son cosa, no objeto, porque es el producto de la interacción entre naturaleza y actividad humana. Una interacción que, al mismo tiempo, no entiende lo natural y lo humano como entidades estancadas. El ser humano es también cosa, en la medida en la que es producto de la transformación de la naturaleza. Esto último se verifica con mayor fuerza en el hecho de que las capacidades cognitivas son producidas, moldeadas y transformadas incesantemente como resultado de esa interacción.

 

El espacio cyborg

 

La Ciencia Ficción nos ha permitido imaginar escenarios donde los seres humanos podemos ser otros o distintos. Artefactos o cosas transformadas y transformadoras. Como dice Raúl Cuadros Contreras “(…) nos ha dotado de un espacio, un puente o grieta hacia la alteridad”.

 

Donna Haraway aprovecha este espacio para resignificar la concepción marxiana al calor de la emergencia de nuevas entidades humanas, ora maquinísticas, ora artefactuales. Rescata a Marx porque toma partido por los oprimidos, aquellos cuerpos que en la sociedad capitalista se ubican en los márgenes de la normalidad del “yo ficticio racional”: por la raza, por ser explotados en el trabajo asalariado, por su identidad sexogenérica. Resignifica a Marx porque radicaliza el carácter artefactual del ser humano al plantear que “los cuerpos no nacen, son fabricados. Han sido completamente desnaturalizados como signo, contexto y tiempo”.

 

El cyborg, para Haraway, es la posibilidad metafórica de una entidad  “distinta a lo humano”. Y es que el ser humano como artefacto (como cosa a decir de Marx), es un ser técnico; máxime en las sociedades contemporáneas. Es un “monstruo” a decir de Cuadros Contreras y un robot:

 

Un centauro constituido por lo “animal” y lo “cultural”. Y al mismo tiempo, en cuanto artefacto, como un ser técnico emparentado por esa circunstancia con el robot. La ciencia ficción evidencia esa impureza, deja ver, por contraste, que el hombre no es una esencia completamente distinta de otras, sino que se encuentra emparentado con los animales, con los robots y con los dioses, pero que por su condición híbrida se asemejaría más a un cyborg. 

 

Bajo esta perspectiva, pierde sentido discernir entre la separación radical entre lo natural y lo artificial o en su discontinuidad. Una crítica de la tecnología a la luz de la experiencia cyborg, tendría que indagar en el crisol de relaciones que ha tejido el ser humano en su devenir histórico con otros seres, otros artefactos, otras cosas que han dejado su huella implacable en “lo humano”.

 

A la luz del cyborg resulta factible abandonar la imagen separatista de la cultura y la naturaleza, de lo técnico y de lo viviente, que no son más que variantes del dualismo tradicional cuerpo-espíritu o cuerpo-mente. Además, encontrar los aspectos libertarios de las posibilidades identitarias del cyborg.

 

Al mismo tiempo, el objetivo que subyace a una Crítica de la tecnología (que abreve en la tradición que le dio sentido históricamente), se inscribe en las posibilidades teóricas y prácticas de proyectar una alternativa tecnológica que, a nuestro entender tendría que ser postcapitalista.  

 

Y es que, si admitimos que la tecnología contemporánea implica poner bajo la tutela del capital a los sujetos de forma cada vez más acusada, la liberación de la técnica y las posibilidades emancipatorias de estas nuevas formas de identidad, viene acompañada necesariamente de una subjetividad igual de poderosa que la misma máquina, en un contexto social que transita cotidianamente en la tensión generada por el desfase entre máquinas y procesos tecnológicos muy potentes frente a la limitación histórica de los sujetos, atomizados y desarticulados de su propia conciencia social y por ende, de su propia fuerza.

 

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