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Una década emergente, una década después

Una década emergente, una década después

La presentación de esta muestra obedece a la necesidad de investigar y documentar el quehacer de una generación que se gestó en un período en el que imperaron la labor experimental y de grupo, alternativas que les permitieron crear y desarrollar nuevos medios de producción alejados de los soportes técnicos tradicionales. 

El Grupo Suma, por ejemplo, con sus actividades en las calles y con la utilización de medios gráficos dejó, forzosamente, una huella en la obra individual posterior de sus integrantes, entre quienes se encontraban Oliverio Hinojosa, Santiago Rebolledo, Paloma Díaz y Mario Rangel.

Esta presentación propicia un confrontamiento que nos lleva a distinguir las diferentes tendencias de artistas con trayectoria e intereses diversos y cuya obra merece ser incluida en una reflexión en torno a la plástica contemporánea.

Un gran número de pintores practica la figuración con carácter personal o bien, parten de ella sin llegar a la anécdota como objetivo básico. 

Las obras de Julián Adame se caracterizan por el toque de humor que manifiesta a través de la animación que da a los objetos dentro de un contexto específicamente popular. Su línea de contorno aísla y enfatiza los colores vibrantes de sus formas.

Paloma Díaz, quien todavía hace trabajos de tipo experimental en grupos, realiza también tintas en las que incluye personajes y situaciones. Sus perfiles suaves nos llevan a una narrativa lírica, autobiográfica, registro de sus estados de ánimo. 

La influencia europea, el gran oficio de la pintura, así como un mensaje de contenido social, se evidencian en las telas de Manuela Generali cuya obra, si bien emparentada con la del venezolano Jacobo Borges, aporta una nueva forma de examinar los sucesos de la sociedad contemporánea. Alberto Castro Leñero ha centrado su atención en el ser humano como personaje principal dentro del caos de la sociedad. La tensión, la decadencia y el erotismo se manejan en un tono expresionista donde se mezclan diversas emociones. Su vigorosa producción reúne pinturas, elementos gráficos, collages e impresiones. 

Oliverio Hinojosa propone un estudio del cuerpo masculino, lo analiza profundamente con perspectivas frontales en un gran primer plano que ocupa la totalidad de la composición. La línea, así como la monocromía dejan ver un dibujo hábil. Sus obras son el producto de un esfuerzo laborioso que empezó hace unos años, cuando los desnudos que realizaba eran una síntesis de líneas sueltas emplazada en un fondo de color. Posteriormente, el cuerpo empezó a tomar volúmenes y límites más precisos y su trabajo plenamente figurativo, se muestra ahora maduro.

Vinculado también al estudio de la anatomía masculina, está la serie de torsos de Alfonso Moraza, quien detiene su interés en fragmentos del cuerpo, abstrayendo partes y aprisionándolas, como si los torsos representados no tuvieran libertad. 

Con el mismo tema, Remigio Valdés de Hoyos, acusa cierta influencia del post impresionismo francés, en escenas que hablan más del entorno de la figura central que del desnudo en sí mismo. Sin embargo, a través de sus personajes plantea una búsqueda formal innovadora.

Pablo Rulfo, por su parte, sigue también la tradición europea y centra su estudio en la naturaleza muerta, realizando acercamientos a los objetos seleccionados. 

La manera de aproximarse a la figuración de Moisés Zabludovsky es otra. El narra por medio de un políptico colocado en círculo las acciones que se realizan en un coso taurino. Esta obra marca una transición estilística entre su pintura anterior -influida por Tamayo- y la actual, en la que mantiene su preferencia por pintar la vida cotidiana. 

Julio Galán utiliza el realismo en escenas sórdidas, ligadas a imágenes ingenuas. Esta combinación de concepto hace que su obra resulte abundante, tanto en la iconografía surreal como en la descarga conceptual del mensaje.

Saúl Kaminer desarrolla personajes mágicos y orgánicos, plenos de dinamismo, que sobreviven en un mundo fantástico. Sus composiciones son ricas por sus estructuras, en las que se mezclan los diferentes planos, subrayados por su gama cromática. 

Luis Zárate plantea una visión del mundo oaxaqueño del que proviene. Heredero de la tradición de Francisco Toledo, recrea personajes o animales fantásticos; pero a diferencia del maestro de la pintura oaxaqueña, Zárate, quien desde hace tiempo vive en París, no recurre al manejo de la textura artesanal, sino que trabaja sus superficies totalmente frías en los segundos planos. 

Pintor expresionista, excepcional por el empleo desaforado de sus complejas perspectivas, es Jazzamoart. Si bien algunas de sus formas corren el peligro de reiterarse, la composición de elementos hace de su obra, casi siempre en formato grande, un juego pleno de figuras en movimiento. Sin negar la influencia bien asimilada del español Saura, Jazzamoart muestra resultados originales, energéticos e interesantes. 

En las gamas brillantes que acentúan el contraste de sus personajes sintéticos, Vladimir Cora está vinculado a la narrativa. Su obra, muy mexicana en su excelente factura, pródiga en texturas y colores populares sorprenden poco y agrada mucho. 

El paisaje es tema común. Desde el abstracto de Miguel Ángel Alamilla con amplios campos de color en una serie original y homogénea; pasando por las obras de Sergio Hernández, en las que los motivos principales de las grandes y bien logradas composiciones son líneas gruesas de color que contrastan con el fondo; hasta Mario Rangel, quien realiza una serie bien integrada saturada de manchas de color que sugiere una total abstracción y esconden en el paisaje una casa perdida en el horizonte. En cambio, Luis Miguel Quezada está ligado a un concepto más tradicional del tema, su aportación radica en la simplicidad y en el manejo de la gama de negros, resaltados por pequeñísimos puntos de luz que agilizan la composición del paisaje. 

Tres artistas manejan la abstracción en forma similar: Julio Amador, Alejandro Segrove y Víctor Morán. El primero presenta técnicas mixtas y dibujos en formatos muy pequeños y bien aprovechados que muestran un gran cuidado en su composición en planos de color, derivados de trazos libres y espontáneos. Por su parte Segrove y Morán ofrecen pinturas en las que las pinceladas de color puramente abstracto conforman una obra libre de mensajes narrativos.

Las texturas y la materia, herencia de Rufino Tamayo, son características elementales en las obras de Irma Palacios y Raymundo Sesma. La primera ha desarrollado todo un concepto a través de los colores obscuros y del collage de texturas profundas y orgánicas, o de la incisión y en el empaste de pintura. Sesma muestra abstracciones en las que las texturas y arenas resaltan el color. 

Luis Argudín emplea también la obra matérica; incluye elementos tipográficos y áreas de colores obscuros que contrastan con los colores terrosos; su obra es ágil por su armonía compositiva. 

Francisco Castro Leñero persevera en su preocupación por los espacios urbanos. Las bardas siguen siendo uno de sus motivos principales, logradas a manera de abstracción en planos frontales. Utiliza también el ensamblado y texturas terrosas. 

Las obras de Gabriel Macotela son el producto de un proceso analítico en el que las estructuras se integran libremente en un espacio; arenas y colores terrosos se conjugan en un lenguaje abstracto. Su tema es el paisaje urbano llevado a la construcción y fragmentación de planos. Las texturas y el color sutil y cálido son características importantes de su obra. Dentro de una abstracción más lírica se encuentra Pablo Amor, quien enfatiza sus trabajos con colores variados y brillantes, con los que da lugar a planos que se sobreponen en una perspectiva ágil, llena de poesía. Amor es uno de los pintores que continúa con la tradición de la Nueva Escuela Mexicana. 

María José Lavín opta por los amplios campos de color que se diluyen en planos frontales y sólo una de sus obras deja ver la síntesis de un personaje. Fernando García Correa tiende a una total abstracción en cuyo fondo obscuro destacan formas luminosas con las que logra sus efectos espaciales. 

Los integrantes de esta generación han olvidado por completo la geometría, tan en boga durante la década de los setenta. Sin embargo, José González incluye dentro de sus composiciones francamente abstractas, formas de corte geométrico que combinadas con otros elementos compositivos crean un equilibrio formal dentro de su obra. 

Si bien "Una década emergente" fue planeada más como una muestra de pintura, no se podían eliminar otras técnicas como el dibujo y las mixtas/objeto. En lo que se refiere el primero, Victoria Compañ, Carla Rippey y Nunik Sauret, tienen obras extraordinariamente logradas. Los dibujos de Victoria Cornpañ que ya en otro tiempo consistían en líneas dinámicas y sueltas, son ahora un trabajo depurado y obsesivo por el manejo de líneas pequeñas y continuas que forman una composición con múltiples planos en armonía. 

Nunik Sauret ha sostenido su interés por las representaciones orgánicas, flores y frutos carnosos que comparten analogías con las intimidades femeninas. Su temática se mantiene y su dibujo se muestra cada vez más fino. Los dibujos de Carla Rippey, casi hiperrealistas están basados en fotografías, temática costumbrista con un tratamiento novedoso y de alta calidad. Es notable el hecho de que ambas artistas hayan estado vinculadas con el grabado, pues en sus dibujos dejan ver una técnica limpia y precisa, posiblemente como resultado de la disciplina que impone el trabajo gráfico. 

La obra tridimensional realizada en técnicas mixtas tiene tres exponentes que recorren caminos totalmente diferentes: Adolfo Patiño, José Antonio Hernández y Jorge Yazpik. Adolfo Patiño, cuyos objetos o cajas-vitrinas enmarcadas con reglas escolares, en donde muestra estampillas, calcomanías y otros símbolos de la vida cotidiana, muestran una narración ingeniosa, no sólo por su concepto sino por su manufactura. Patiño incursionó en el ámbito artístico como fotógrafo, ha realizado eventos y ambientaciones. Su trabajo ha sido interdisciplinario y esta experiencia le ha proporcionado los elementos necesarios para crear un original lenguaje a través de sus objetos. José Antonio Hernández reúne diversos objetos en pequeñas cajas o adheridos a la tela, lo que en alguna forma lo vincula todavía con la pintura. Su mensaje está relacionado con motivos lúgubres y místicos, acentuados por el color obscuro de sus obras. Jorge Yazpik fabrica su propio papel con el que conforma pequeñas construcciones asociadas a la arquitectura, que podrían estar también relacionadas con un concepto escultórico; sin embargo el artista prefiere presentarlas dentro de cajas, lo que les proporciona una perspectiva frontal. 

Uno de los grupos más homogéneos en este panorama es el de la llamada Narrativa Visual, denominación reciente y aún discutida para la obra, que utiliza textos como apoyo y complemento de la imagen. A pesar de ello, los artistas que se inscriben dentro de esta tendencia son disímbolos por la variedad de sus temas. 

Carlos Aguirre ha desarrollado un número significativo de obras con tema histórico en las que plantea una nueva lectura de la historia de nuestro país, sobre todo del período de la Revolución. Su obra es producto de investigaciones profundas y en ella se fusionan técnicas de impresión, el diseño gráfico y el dibujo en forma innovadora. 

Manuel Zavala se ha centrado en el análisis literario y predominan entre los autores de su estudio Orwell y Malcom Lowry, de quienes toma frases y las inserta en un contexto creado por él. Por otra parte, como fotógrafo, ha creado series en las que a través de la heliografía incluye sus propias imágenes enlazadas con textos literarios, lo que permite nuevas lecturas e interpretaciones. El mensaje del mundo femenino cotidiano es desarrollado por Magali Lara, Mónica Mayer y Rowena Morales, cada una con su propio enfoque. 

Los elementos hogareños de Magali Lara, con objetos animados por los recuerdos que dialogan entre sí, hablan del mundo de la mujer, de sus preocupaciones y de sus emociones, de su romanticismo y de su cólera. Su obra es esencialmente autobiográfica y se complementa con sus propias frases o las de los poetas; ha trabajado en colaboración con otros artistas en la publicación de libros y eventos. Mónica Mayer ha sido una activa feminista y en su obra, realizada con técnica mixta y collages, analiza la fastidiosa cotidianeidad de la mujer con sus obligaciones familiares, sus vínculos sociales y religiosos, así como la irónica idealización de la mujer madre-virgen. Rowena Morales, quien ha explorado los sentimientos femeninos filosóficamente, alude en esta muestra a un momento particular y trascendente: la adolescencia. Sus obras, en las que mezcla dibujo, collage y pintura, y que se caracterizan por un tratamiento delicado, proporcionan un mensaje profundo.

Santiago Rebolledo aportó desde sus inicios innovaciones importantes en la concepción formal de la obra y en el tratamiento del collage y las técnicas gráficas. Nos ofrece una manera diferente de producir y de abordar la problemática urbana: el objeto encontrado, la fotostática, la mimeografía, el dibujo libre, el sello de goma, son algunos de los elementos que Rebolledo ha reunido con frescura para conformar su obra. Recientemente se ha dedicado a la producción de mimeografías, en las que en formato bidimensional proyecta sus nuevas experiencias.

"Una década emergente" es una evaluación de los caminos que recorre la joven plástica actual a través de un conjunto de obras que, dentro de su diversidad, muestran que la preocupación de los artistas tiende a la solución de aspectos formales más que al análisis de problemáticas políticas y sociales en un momento de crisis nacional e internacional. Los jóvenes artistas exploran el formalismo, y en pocas ocasiones sus planteamientos trascienden, de manera netamente renovadora, al de sus maestros.

Esta primera exposición nos lleva a reflexionar acerca de la necesidad de examinar en forma detallada la obra de los artistas integrantes de esta generación, cuyas aportaciones son significativas para la plástica de nuestro país.

Dar continuidad a los proyectos resulta, a veces, difícil; a veces nunca sucede. Hace diez años, la exposición "Una década emergente" presentó a una selección de 42 de los más destacados artistas jóvenes. Las expectativas en relación a este grupo eran grandes. Diez años después, resulta interesante revisar la producción de estos mismos artistas, evaluar sus cambios y su trayectoria. El tiempo permite volver la mirada y reflexionar. Hoy por lo menos tenemos la certeza de que pesan diez años más de experiencia sobre los participantes de la Década Emergente, y que la obra aquí expuesta es la de artistas en franca maduración profesional.

Esta generación, que en mucho debe parte de su formación al trabajo grupal, participaba a finales de los años setenta en eventos en la calle y organizaban performances. Producían obra efímera y pintaban bardas. Muchos de estos artistas, al trabajar en grupos, realizaban denuncias políticas y sociales. A pesar de las expectativas, el tiempo los ha jalado hacia horizontes mucho más tradicionales: la gran mayoría sigue pintando...la tela sigue siendo su principal soporte. Hoy una década después, ésta se consolida como una generación de pintores; sin embargo, entre ellos algunos interdisciplinarios exhiben otras propuestas distintas al óleo sobre tela.

Manuel Zavala, uno de los pocos que se ausentó temporalmente de la producción plástica, continúa con la narrativa visual, su trabajo está ligado propiamente a la fotografía. Alfonso Moraza, quien desde hace tiempo ha trabajado el desnudo fragmentado, optó por mostrar trabajo realizado a partir de la computadora. Rowena Morales y Jorge Yazpik exhiben esculturas con una tendencia francamente abstracta. Morales combina superficies pulidas en distintos materiales, mientras que Yazpik ha llevado sus propuestas, que hace diez años realizó en papel, a los materiales duros, llenos de textura. Patiño, Aguirre, Rebolledo, Mayer, Sesma y Zabludovsky exhiben instalaciones. Entre ellos cabe señalar que Adolfo Patiño ha trabajado siempre la instalación y ha utilizado el objeto ready made como parte sustancial de su obra. Carlos Aguirre decidió darle un giro a su carrera, abandonó definitivamente el soporte bidimensional y se ha dedicado a la realización de instalaciones en las que predomina la crítica de contenido político, social y ecológico. Santiago Rebolledo, quien hace diez años se caracterizó por ser un innovador en el uso de los materiales encontrados, los que incluía en composiciones espontáneas, hoy exhibe objetos si bien tridimensionales, pero que requieren de un montaje tradicional. Mónica Mayer ha incursionado en distintos campos, incluso el de la promoción a través de los medios de comunicación y de su propio espacio de exhibición. En su obra incluye un análisis social y permanece alternativa con carácter efímero. Raymundo Sesma, quien ha vivido largo tiempo en Italia, produce obra interdisciplinaria; su pintura conserva vínculos con la abstracción, mientras que la objetual está ligada al concepto. Por su parte, Moisés Zabludovsky expone a manera de instalación una serie de autorretratos fuertemente expresivos.

Entre los interdisciplinarios destaca la producción de Gabriel Macotela, que no se ha ceñido únicamente a la producción de la pintura, sino que ha trabajado abundantes relieves, esculturas, objetos, escenografías e imponentes maquetas que nos remiten a espacios fantásticos.

Las obras hoy expuestas muestran solidez, los estilos se perciben maduros. Hace diez años, sus autores marcaban líneas estilísticas que hoy se encuentran bien definidas, los cambios responden más a un proceso evolutivo que a un cambio sustancial.

La figuración y la neo-figuración predominan en el panorama de esta muestra, y aún artistas como Mario Rangel, que hace diez años mostró obra casi abstracta, hoy incluye elementos figurativos en su obra. Sergio Hernández ha desarrollado un lenguaje en el que predomina el tema antropomorfo, en colores tierras y abundantes texturas. Luis Argudín hoy se manifiesta plenamente realista, cultivando -como él lo afirma- el género del vanitas.

Julio Galán ha manejado consistentemente el autorretrato como parte primordial de su obra; alrededor de éste se entretejen historias o recuerdos de infancia, que resultan a veces incoherentes, a veces terribles. Su obra resulta atractiva para múltiples lecturas simbólicas. Oliverio Hinojosa exhibe también autorretratos con un carácter introspectivo en el que se mezclan distintos símbolos y elementos religiosos.

Saúl Kaminer y Luis Zárate, integrantes del grupo Magia Imagen, compartieron largo tiempo similitudes estilísticas; hoy sus caminos toman distancia, ambos manejan un realismo mágico, en un lenguaje saturado de símbolos. Kaminer, en una gama colorística tendiente a los ocres, proyecta escenas en movimiento; la imagen femenina, siempre sugerente, toma el papel principal. Zárate también ha enriquecido sus composiciones con figuras mágicas, enfatizadas por gruesas líneas de contorno.

En la obra de Manuela Generali se advierte un trabajo consistente, una continua búsqueda por las soluciones formales a través de una temática diversa. La figura femenina sigue siendo el tema de Paloma Díaz, quien ahora experimenta técnicas mixtas en grandes formatos sobre lámina. María José Lavín exhibe torsos femeninos, casi abstractos; el difícil trabajo de la encaústica le confiere un interesante juego de texturas.

Dentro de los cambios estilísticos, es notable el que ha realizado Remigio Valdés de Hoyos, con una nueva concepción del espacio y de la figura humana, a través de la síntesis.

José Antonio Hernández plantea una rica narrativa a través de un prolífero collage. Utiliza telas de gran formato que le permiten un juego abundante de formas.

Alberto Castro Leñero conserva a la figura humana y la combina con trazos gestuales y expresionistas, es interesante su planteamiento en el que alterna planos de color y elementos figurativos.

También expresionista, ahora más sintética es la obra de Jazzamoart, quien persiste en los temas jazzísticos en gran formato.

En medio de trazos sueltos, continuos, emergen los personajes de Pablo Rulfo, que casi se mimetizan en el color. Si el trabajo de Rulfo fuera fotográfico, diría que enfoca y amplifica el motivo de su interés, al que coloca en un plano relevante dentro de la obra.

Vladimir Cora sugiere temas cotidianos. Sus formas casi abstractas, se enfatizan por líneas oscuras de contorno. Julio Amador ha plasmado volúmenes casi escultóricos, que dan lugar a complejas composiciones, que nos llevan a espacios arquitectónicos.

En este país donde la figura y la narración predominan en la obra visual, destacan los abstractos, cada uno en su búsqueda particular; no los hermana ningún estilo. Pablo Amor integra color, textura y formas sutiles. Víctor Morán realiza una abstracción lírica. José González mantiene planos de color en armonía con figuras que rompen la composición. Miguel Ángel Alamilla en cambio, maneja formas totalmente planas en gamas de grises contrastantes. Fernando García Correa saltó de una abstracción lírica y sutil al plano sólido, fuerte, enfatizado por escasos elementos texturizados que se muestran firmes sobre la tela. Irma Palacios consolida el manejo de texturas e incisiones, ahora con colores más claros y luminosos.

Francisco Castro Leñero exhibe un díptico con extensos planos de color: su lenguaje es directo a través de escasos elementos.

Luis Miguel Quezada continúa con la representación del paisaje con un nuevo concepto; en esta ocasión, son dípticos que se forman a partir de telas monocromas.

Dos casos ejemplares: Nunik Sauret y Magali Lara, que hace diez años exhibieron dibujos y tintas sobre papel, respectivamente, optaron por el cambio a la pintura. Ambas incluyen a la figura humana y la analizan bajo distintos conceptos. En cambio, Carla Rippey -antes como ahora- presenta grafitos sobre papel; sus obras muestran hoy a una dibujante francamente sólida y madura. Victoria Compañ continúa con un trabajo dibujístico abstracto, sumamente fino, en el que destaca la armonía compositiva.

Mención especial corresponde a Julián Adame, quien falleció en 1986. Fue mi intención incluir su obra fechada en l983 como un pequeño homenaje para recordar al compañero que partió prematuramente y que, sin embargo, es integrante de la generación de la Década Emergente.

"Una década emergente, una década después" incluye a un número considerable de productores. Es la generación que en este momento está delineando la ruta del arte mexicano. Esta revisión consolida la vigencia de la pintura y el casi inexistente interés por la instalación, la obra efímera y el uso de elementos no tradicionales. No existe preocupación por el problema ecológico en la ciudad más contaminada del planeta. El artista de la Década Emergente se ha volcado en el análisis introspectivo, ya no comparte el trabajo colectivo y, hoy, a la vuelta del siglo XXI, no encontramos ni la crítica social, ni la política, ni aún un leve descontento con el medio ambiente.

Dar continuidad a un proyecto y proponer una reflexión sobre lo que produjo una generación hace diez años y lo que produce hoy, no implica la inminente necesidad del cambio, sino el poder seguir la evolución, y las líneas que cada autor decidió seguir; el resultado está expuesto hoy en el Museo Universitario del Chopo.

Emma Cecilia García. septiembre 1994

 

 

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