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Literatura en México

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UNA ESCRITURA DE LA MIRADA

Héctor Perea

DE LAS LETRAS A LA IMAGEN

<i>...cantarán no en mis oídos sino en mis ojos...</i>

Manuel Mújica Láinez: <i>Bomarzo</i>

Son considerables los ejemplos de escritores mexicanos que a lo largo del siglo XX, aparte de exhibir o no en su obra influencias de la pintura, la escultura o el grabado, han escrito sobre arte. Y lo han hecho con muy distintas intenciones y logros. En cierta forma, esta práctica es una suerte de vaso comunicante entre autores y grupos que han compartido a lo largo de los años ciertas inclinaciones culturales y lecturas, pero que también, desde algunos puntos de vista, muy poco tienen en común.

Personajes como el poeta Juan de Dios Peza o el historiador y biógrafo Francisco Sosa habían venido desarrollando este ejercicio de comprensión del entorno artístico, aunque de forma incipiente, desde finales del siglo XIX. Pero sería durante el XX que esta costumbre se hizo casi norma entre los autores literarios, sobre todo a partir del surgimiento de figuras de la talla de los poetas y cronistas Amado Nervo o Luis G. Urbina y, en mayor escala, de generaciones como la del Ateneo de la Juventud o los grupos Contemporáneos y estridentista. También se debió a la incursión habitual en este campo de algunos miembros de revistas como <i>El Hijo Pródigo</i> y <i>Taller</i>. Iniciativa fundamental en este sentido fue el interés que sobre el arte manifestó desde su inicio la llamada generación de medio siglo.

Sobre los miembros del Ateneo de la Juventud o generación del centenario (del inicio independentista), cabría señalar que el arquitecto Jesús T. Acevedo y el crítico Pedro Henríquez Ureña, animadores principales del movimiento, antecedieron a otros autores como José Moreno Villa, Manuel Toussaint, Justino Fernández o Fernando Benítez en el estudio convencido del arte virreinal de México. Ambos lo consideraron como una manifestación cultural relevante más allá de cualquier folclorismo. Acevedo había venido promoviendo desde los tiempos fundacionales del Ateneo de la Juventud y su antecedente, la Sociedad de Conferencias, una revisión del pasado nacional hecha a partir del acercamiento sin prejuicios a uno de sus valores más auténticos: la arquitectura posterior a la conquista. Esta propuesta valiente, enfrentada a la exaltación ideológica que el porfiriato había hecho del mundo prehispánico, no era sino la muestra palpable del aire de libertad a que invitaban los ateneístas. Dentro de una postura similar, aunque también con marcadas diferencias, Pedro Henríquez Ureña se aproximaría con franqueza al juicio del arte y de su público. Para él, por otro lado, la crítica artística y cultural fue siempre un ejercicio tan apasionante y creativo como lo podían ser la escritura de un cuento o la realización de cualquier mural.

Martín Luis Guzmán y Alfonso Reyes, otros dos integrantes del Ateneo, se inclinaron desde el primer cuarto del siglo XX, como años después Octavio Paz y Carlos Fuentes, por el comentario y la promoción de algunas vertientes del arte de su tiempo. Un arte que podía convivir a la perfección con las distintas etapas del pasado y el presente mexicanos; pero también del universal. Durante sus años de exilio europeo Reyes y Guzmán coincidieron entre otras cosas en la valoración de un medio y de una corriente menospreciados aún por la mayoría de los críticos. Tanto el cinematógrafo como la pintura cubista fueron para ellos, desde una postura cosmopolita matizada por la mirada crítica, hechos incipientes pero renovadores, manifestaciones arriesgadas y abiertas hacia el futuro.

De acuerdo con el espíritu ateneísta, tanto Henríquez Ureña como Reyes, Acevedo o Guzmán, además del pasado nacional y universal del arte con mayúsculas, tuvieron siempre ante sus ojos una estampa obsesiva: la del presente de la creación, ya fuera en los campos de la plástica, el grabado o la escultura, como en el de la arquitectura. En relación con el arte mexicano, un núcleo alrededor del que giraron las inquietudes de los anteriores fue la obra y la figura de Diego Rivera, otro ateneísta a quien siguieron en su evolución desde el realismo más pleno hasta la práctica del muralismo nacionalista. A los escritores les interesó en particular, según se descubre en sus crónicas y ensayos, por encima de los polos de inicio y culminación, la etapa intermedia en que se dio la incursión apasionante de Rivera en el terreno resbaladizo de las vanguardias y donde el nacionalismo a ultranza --recordemos su <i>Paisaje zapatista</i> o el retrato de Guzmán con zarape de Saltillo-- se diluía tras la pintura. Pero aparte del interés por el guanajuatense los autores mencionados fijaron su atención en otras figuras del arte mexicano como Ángel Zárraga, Julio Ruelas, Adolfo Best Maugard, Julio Castellanos, Roberto Montenegro. O atendieron el desenvolvimiento de corrientes culturales menos conocidas hacia el exterior y de estirpe revolucionaria también, como la Escuela de Pintura al Aire Libre, proyecto de enseñanza popular e infantil de la creación artística.

Amigo y colega de los anteriores, el poeta y cronista Luis G. Urbina, como Martín Luis Guzmán en Madrid y París o José Juan Tablada en Nueva York, matizaría sus días de exilio huertista con el acercamiento a ciertos museos y pintores. A través de las crónicas de Urbina podemos seguir por ejemplo el crecimiento de una pasión por la pintura española, y en particular por la obra de Goya, que <i>tocaría</i> también a autores como los referidos Reyes y Guzmán y, años después, a otros tan distintos como Carlos Fuentes o Salvador Elizondo. Y es que Goya y Velázquez han sido, ciertamente, piedras de toque en cuanto al gusto despertado en ciertos mexicanos por el arte y sus distintos procesos evolutivos. Los dos pintores serían además caminos abiertos hacia formas, corrientes y artistas posteriores y de la más diversa índole. Carlos Fuentes ha experimentado un interés paralelo por Goya y por el surrealismo, mientras que Salvador Elizondo por esta corriente y por Diego Velázquez. En relación con lo anterior no habría que olvidar a cuatro exiliados hispanos que influyeron en forma determinante sobre los gustos de sus contemporáneos y seguidores mexicanos. Y en particular sobre la generación de medio siglo. Me refiero a Ramón Gaya, Luis Buñuel, José Moreno Villa y María Zambrano. Otro exiliado, el alemán Paul Westheim, sintonizaría su interés por el arte popular de ascendencia prehispánica con las inquietudes de autores como Fernando Benítez.

Antes de hablar de la generación de medio siglo y de uno de sus modelos, los Contemporáneos, quisiera referirme a otro personaje también cercano en tiempo e intereses a los ateneístas, pero que al igual que Urbina no sería considerado por lo general dentro del grupo. Escritor y diplomático de temperamento tan fino que Alfonso Reyes no dudaba en calificar de renacentista, Genaro Estrada concentró en su sola figura varias de las facetas que veremos proyectadas en muchos de los autores de <i>Una escritura de la mirada</i>. Gran diletante del arte, Estrada supo descubrir y señalar obras y nombres en los sitios más ocultos. Pero sobre todo, se aventuró a observarlos con atención inusual y a coleccionarlos en las dos formas posibles: la física y la virtual a través de la escritura. Aficionado también a Goya --pintor en sintonía, como se ve, con el temperamento mexicano más sofisticado--, este narrador colonialista y, al igual que Moreno Villa, revalorizador del arte producido en aquella etapa mexicana, fue un admirador de Picasso. Y sobre él escribió, desde luego. Picasso, como Goya, Velázquez o Rivera, resultaría punto de encuentro y de extensión hacia otros autores mexicanos que ejercieron la crítica y el arte mismo. Una de las conexiones de Picasso con México fue su participación en el proyecto de Contemporáneos.

Como lo habían hecho algunos ateneístas y otros autores sin filiación inmediata, Xavier Villaurrutia, Jaime Torres Bodet, Jorge Cuesta, Carlos Pellicer, José y Celestino Gorostiza, miembros del grupo cohesionado bajo la revista <i>Contemporáneos</i>, como también el estridentista Manuel Maples Arce, dedicarían muchas páginas al arte. Al europeo y al americano; al arte renacentista, al prehispánico y al de su tiempo. A la pintura de caballete de su país, al muralismo o a la promoción del arte en el ámbito de las galerías. Como el movimiento ateneísta, ya fuera desde México o bien desde cualquier otro país, su postura fue siempre cosmopolita y nacionalista en serio, sin chovinismos. El reconocimiento que varios de ellos hicieron de la obra de los pintores extrarradio de la Escuela Mexicana de Pintura fue siempre sincero, atento y lúcido. Como lo sería, años después, el apoyo dado por Octavio Paz a Rufino Tamayo.

En relación con la generación de medio de siglo, seguidora en cierta forma de algunas líneas trazadas por el grupo Contemporáneos y emparentada con algunos movimientos europeos de su momento, hay que apuntar que sobre arte han escrito Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Sergio Pitol, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis y José de la Colina. Por otro lado, dentro del mismo grupo Tomás Segovia y Juan Vicente Melo, y desde antes Juan José Arreola, desarrollarían una importante labor de promoción artística durante los años en que presidieron la Casa del Lago. Cosa que también harían el editor y ensayista Huberto Batis y el periodista Fernando Benítez desde una gran cantidad de proyectos editoriales que alentaron. Casos aparte dentro de este conjunto generacional han sido, en el campo del comentario artístico, los de Octavio Paz y Juan García Ponce.

Interesado en una multitud de temas culturales y políticos, Octavio Paz dosificó con absoluta naturalidad los volúmenes de su vasta obra con aportaciones concretas a la crítica de las artes. Ensayos sobre pintores, escultores y corrientes; dedicatorias de poemas, inspiración en obras plásticas encontraremos en casi todos los libros en prosa y verso de Paz. Asimismo, llevó a cabo una amplia colaboración con pintores para la creación de carpetas y libros objeto. Octavio Paz, como Estrada, en función de crítico de arte supo encontrar destellos inéditos en artistas y escuelas universalmente sancionados y redescubrir valores en otros condenados por el olvido o el menosprecio.

La mayor parte de los escritores mexicanos que han abordado el comentario artístico no han pretendido usurpar las funciones de los críticos de arte <i>en forma</i>, sino más bien nutrirse de sus aportaciones. Por otro lado, sobre todo cuando las circunstancias o los puestos públicos lo han exigido, su labor aparecerá marcada por el sello del compromiso ineludible o por los errores naturales en una crítica a <i>vuelapluma</i>. Sin embargo, algunos autores literarios han sabido también dejar impresa en sus escritos una marca de calidad y libertad. En este último sentido, un caso fundamental de crítico y promotor de corrientes y artistas ha sido desde luego el de Juan García Ponce. Este narrador y ensayista singular comparte con otros autores de la generación de medio siglo la pasión por artistas considerados ya como clásicos. Pero además ha arriesgado juicios en favor de sus contemporáneos y de creadores mucho más jóvenes que él. García Ponce es un escritor que ha ensayado y construido una obra sobre su tiempo y, en particular, me valgo de la expresión de Carlos Fuentes, sobre su <i>tiempo mexicano</i>. Su trayectoria recuerda en algunos aspectos las seguidas en México, y en otro momento, por los ya referidos Paul Westheim o José Moreno Villa. Pero sobre todo la del poeta guatemalteco, afincado en México hasta su muerte, Luis Cardoza y Aragón.

Para no pocos autores mexicanos, como dijo Alfonso Reyes acerca de la pasión de la escritura, plasmar sus ideas sobre el arte ha sido una necesidad casi tan fundamental como respirar. Casos como los de Paz, Fuentes, García Ponce, Salvador Elizondo, Sergio Pitol, Carlos Monsiváis, Fernando del Paso han sido el modelo o al menos el antecedente de otras tantas vocaciones sólo aparentemente marginales en las dos generaciones más recientes. Y en algunos casos esta vocación oculta ha dejado en revistas, catálogos o libros páginas sobre arte verdaderamente memorables. Poetas y ensayistas más jóvenes del corte de Verónica Volkow, Alberto Blanco, Guillermo Samperio, Alberto Ruy Sánchez, Jaime Moreno Villarreal, Juan Villoro, Francisco Segovia, Marco Antonio Campos, Cristina Pacheco, Evodio Escalante, Álvaro Ruiz Abreu, Beatriz Espejo o Miguel Ángel Muñoz, entre otros, siendo escritores tan diferentes entre sí y algo distantes en el tiempo presumen también ese espacio de confluencia que ha sido la crítica literaria del arte.

Ahora bien, entre los autores interesados en este campo no ha faltado además el que, aparte de comentarlo, ha llegado a ejercer alguna de las modalidades de la creación artística. Fernando del Paso, Hugo Hiriart y Marco Antonio Montes de Oca, por ejemplo, han practicado o practican la pintura; Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia, Carlos Fuentes, Guillermo Samperio, Jesús Gardea y Augusto Monterroso, el dibujo; José Juan Tablada y Juan José Arreola, la acuarela; Salvador Elizondo, Tomás Segovia y Alberto Blanco, la plástica, la gráfica, el cine o el collage; Humberto Guzmán, el <i>performance</i>.

En <i>Una escritura de la mirada</i> el lector encontrará ensayos libres y académicos, artículos, crónicas, micro biografías y entrevistas concebido muchas veces para el momento aunque luego pasaran a ocupar las páginas de los libros. Pero también podrá leer algunos volúmenes virtuales --entre ellos, la versión ampliada de esta ¿Presentación¿. El trabajo se ha complementado con otros ensayos sobre el tema, multitud de imágenes, semblanzas breves de los autores y un amplio entramado de hipervínculos.

Espero que la navegación en los distintos apartados antológicos, museísticos, creativos y ensayísticos que dan cuerpo a este sitio logre iniciar al estudioso y al diletante del arte, en la mejor tradición del término, en el gusto que experimentaron los autores al trazar y enlazar con sus letras las imágenes propias y ajenas.

<b>Centro de Estudios Literarios</b>

<b>Instituto de Investigaciones Filológicas</b>

<b>UNAM</b>

 

 

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