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Antropología e Historia de México

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Códices y vivencias

III

Como ejemplo de lo anteriormente expuesto, se redactaron dos artículos, que aparecieron primero en francés, en la revista Objets et mondes del Museo del hombre de París (t. 23 y 26) y se tradujeron después al español para publicarse en el libro: Códices y vivencias, In amoxtli, in tlacatl = El libro, el hombre, México D.F., 1987.

Mi encuentro con el Códice de Santa Anita Zacatlalmanco
Acerca de Lienzos de Chiepetlan 

En ellos se encuentran las experiencias que vive un antropólogo y que no figuran en sus publicaciones científicas. Mi trabajo de analizar y tratar de leer los códices, implica acercarme a la gente, relacionarme también con seres humanos. No es una fría búsqueda de signos para tratar de hacerlos coincidir con sonidos de una lengua determinada, sin ocuparse de los humanos que hablan o hablaron la lengua de origen de los estudiados. Ya desde el principio mismo de la investigación, hay una asociación del investigador con varias personas: con el pintor o dibujante y después con el nahuatlato, además de otros miembros del equipo, para realizar un trabajo colectivo. Y aún más, según el tema del documento. Por ejemplo, si este es un mapa la búsqueda debe realizarse con los presentes y anteriores funcionarios tradicionales; sobre todo, aquellos encargados de los manuscritos relacionados con la tierra propiedad comuna1, ejidal, etc.. Estos son los "Comisarios", que además, tienen conocimientos, a veces muy precisos, detallados; de los linderos, de los límites naturales o mojoneras, que definen, circunscriben las superficies de las tierras del pueblo. 

Los funcionarios tradicionales indígenas poseen casi siempre una prodigiosa memoria de los hechos oficiales e históricos que les han tocado vivir, como por ejemplo, los recorridos de linderos en los que representantes del pueblo y sus vecinos en litigio van a reconocer la línea imaginaria que une los distintos límites que dibujan el perímetro de la superficie de las tierras comunales, retienen los cambios surgidos, etc. Por esto, colaboran de una manera esencial en la identificación y el reconocimiento de los nombres del lugar. Éstos son un firme apoyo para comprobar o rectificar las lecturas tentativas de los elementos glíficos contenidos en los topónimos. Aunque estos notables indígenas ya no sepan leer los signos tradicionales o glifos, y a veces, ni siquiera los textos en caracteres latinos de otras épocas, los conocimientos que han sabido conservar permiten al investigador actual reconocer los elementos glíficos correspondientes y tratar de reconstruir palabras, frases, párrafos, que conforman los relatos geográficos o cartográficos. Y como estos últimos sitúan los hechos históricos y los datos económicos etcétera, en un espacio real, representado sobre la superficie o la "hoja" del códice o lienzo, el aporte de los funcionarios indígenas es muy importante para la lectura de este tipo de elementos, que los sitúa en la realidad geográfica e histórica. Como estos documentos son aún válidos legalmente, sus datos confirmados refuerzan, de ese modo, la vigencia de las fuentes indígenas que son los documentos mismos. 

Para alguien que no conoce México, ni física ni intelectualmente, es natural seguramente que me hicieran la pregunta: ¿Por qué haberse dedicado treinta años al estudio de los manuscritos pictóricos tradicionales mexicanos, o códices indígenas tradicionales de Mesoamérica? Después de todo, son aparentemente más que textos, o documentos escritos. Para alguien que no haya hecho estudios mexicanistas, es lógico que le parezca extraño que un profesionista dentro de las ciencias humanas, sobre todo un etnólogo o antropólogo, haya enfocado "totalmente" su vida profesional, sus esfuerzos constantes, hacia el estudio de un conjunto de "textos"; y además, que haya empleado su tiempo completo a "transcribir, comentar y publicar manuscritos". Esta tarea exclusiva parecería a primera vista, una especialidad "estrecha" y daría la impresión superficial de alejar al investigador más y más, a medida que el tiempo avanza, de los propósitos y metas dentro de su propia disciplina: etnología o antropología. Trabajar con documentos no es la finalidad del etnólogo ni del antropólogo. Su meta para un estudioso no-mexicanista: es el estudio del hombre, textos y documentos serían más bien el tema apropiado de un lingüista, para mí, este trabajo que realizo desde 1962 es otra manera de llegar al mismo fin; para estudiar al hombre, sobre todo en México, este es el medio más propicio. Es necesario, para tratar de entender y conocer ciertos aspectos del indígena histórico y del mexicano actual, que se presentan mal interpretados, o, peor aún, deformados por el enfoque exterior.

 

 

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