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El cine de Ignacio López Tarso

López Tarso, técnica y presencia


En Las mocedades 
del Cid
 

EMILIO GARCÍA RIERA

Poco recuerdo del teatro de mi juventud, pero no he olvidado la fuerte impresión que me causó ver por primera vez en escena a lgnacio López Tarso. Eso ocurrió en 1953, cuando Alvaro Custodio dirigió Las mocedades del cid en el teatro del IFAL de la calle Nazas y dio al entonces novato López Tarso el primer papel de esa obra. Me impresionó mucho la autoridad física, la buena planta del joven actor: un modo de estar en el escenario que no acudía a ningún artificio para llamar la atención. Me di cuenta de la excelente técnica con la que López Tarso emitía sus parla mentos, de que se necesitaba mucho trabajo y buena reflexión para poder hablar con ese ritmo, esas pausas, esa voz que no precisa impostarse para cobrar fuerza y emoción. Pero lo que más me convenció en el actor fue lo que la crítica de cine de la época llamaba la presencia. Yo mismo, ya iniciado en la crítica unos tres años después, daría en abusar de ese término para aludir a la calidad que hizo famosos a muchos actores hollywoodenses, aún a quienes, como Gary Cooper o John Wayne, no tenían ni de lejos una dicción tan educada como la de López Tarso, pero llenaban la pantalla con su mera presencia. No en balde José de la Colina comparó a López Tarso conG ary Cooper a propósito de la actuación del primero en "Los hermanos Del Hierro". Por eso, hice una predicción que se cumplió (cosa rara, porque suelo fallar en mis predicciones). Dije-ya no recuerdo a quién-que López Tarso haría buena carrera en el cine. Y sí, en efecto la ha hecho, y si no ha sido mejor no ha sido por culpa de López Tarso, sino de un cine mexicano que tuvo su peor época cuando el actor estaba ya en la plenitud de sus facultades. Me refiero a los años sesenta, que fueron horri bles para el cine nacional. O mucho me equivoco, o vi a López Tarso por primera ve en el cine cuando Manolo Barbachano Ponce me invitó a una exhibición privada de "Nazarín", en 1958, y me sentó al lado de Luis Buñuel para orgullo y azoro del chico de 27 años que era yo entonces (ahí empezó mi conocimiento amistoso del extraordinario cineasta). Como es sabido, "Nazarín" va de menos a más, y son seguramente sus últimas escenas las más impresionantes.

 


Con Roberto Gavaldón durante la 
filmación de El gallo de oro
 

Es en una de esas escenas cuando López Tarso, en su corto pero importante papel de «buen ladrón», asesta al protagonista (Francisco Rabal) una constatación demoledora: «usted para el lado bueno y yo para el lado malo... ninguno sirve para nada». La manera en que el actor mira y habla en esa escena redime a su personaje de la condición secundaria. Antes de "Nazarín", López Tarso ya había hecho cinco películas que no vi en su momento y que he visto después. No las vi entonces porque era yo miembro de la juventud clasemediera con humos de ilustración que presumía de no tolerar otro cine mexicano que no fuera el de Buñuel, el del Indio Fernández, "Redes, Raices y Torero". Las he visto después porque un destino inexorable de historiador me impondría la exiencia de ver lo más posible de cine mexicano. De esas cinco películas, sólo una dio a López Tarso un papel interesante: "Vainilla, bronce y morir" (1956), dirigida por Rogelio A. González, Jr. No viene al caso que cuente de qué trata. Para eso está la documentación tan bien reunida en este libro por Susana López Aranda. Lo que sí viene al caso es comprobar el buen peso que cobra López Tarso frente a sus alternantes, que forman con él una suerte de triángulo amoroso. A simple vista, el actor tenía todas las desventajas: su papel de sensato parecía condenarlo a una neutralidad inexpresiva si se le comparaba con Elsa Aguirre, toda ella belleza y tormento o con el colombiao José Gálvez, cuyo personaje debía justificar la sobreactuación desorbitada y apantalladora. Sin embargo, Nacho López Tarso no se dejó «comer» por tan tremendos competidores: se le siente tanto o más presente que ellos en la película, y no porque haya intentado «comérselos» a su vez: como el actor inteligente que es, López Tarso sabe que se da un buen lugar propio quien sabe dar su lugar a los demás. Si el falso papel secundario de "Nazarín" hizo conocer la imagen de López Tarso en todo el mundo, fue sin duda "Macario" (1959) la película que acabó de darle tamaños de primera figura del cine. Esa película de Roberto Gavaldón puede merecer objeciones como las que algunos críticos le pusimos en su época, pero ninguna de ellas desmiente el excelente trabajo protagónico de López Tarso.

 


Durante la filmación de Rosa Blanca
 
Si el cine nacional no hubiera sufrido en los años sesenta una de sus peores crisis, "Macario" hubiera señalado sin duda para López Tarso el comienzo de una carrera en el cine tan lucida como las de los mejores actores mexicanos de la llamada época de oro. De cualquier modo, algunos de los más ambiciosos realizadores sobrevivientes de esa época le dieron papeles suficientes para mantener su prestigio de actor eficaz y seguro: el mismo Gavaldón, en "Rosa Blanca" (1961), "Dias de otoño" (1962), "El gallo de oro" (1964) y "La vida inútil de Pito Pérez" (1969) ; Julio Bracho, en "La sombra del caudillo" (1960) y "Corazón de niño" (1962); Ismael Rodríguez, en "Los Hermanos De Hierro" (1961) y "El hombre de papel" (1963) . (Dos de esas cintas, "La sombra del cadillo" y "Rosa Blanca", fueron censuradas de modo escandaloso e indignante, y es curioso que López Tarso actuara en ambas.) Pero esa generación de realizadores ya no aportaría mucho más de interesante al cine del país; entre ellos, sólo Bracho intentaría, ya en los setenta, dar a López Tarso un papel digno del actor: el de José Clemente Orozco en "En busca de un muro" (1973) . cinta por desgracia muy frustrada. En Ios sesenta aún privaba la funesta política sindical de puertas cerradas que tanto impidió el ingreso de nuevos directores al cine mexicano. Sin embargo, algunos lograron debutar a fines de los cincuenta o ya en los sesenta, y varios de ellos hallaron también en López Tarso un actor muy digno de confianza: Carlos Velo en "Pedro Paramo" (1966); Luis Alcoriza en "Tarahumara" (1964); Alberto Isaac en "Las visitaciones del diablo" (1967); Carlos Enrique Taboada en "La trinchera" (1968) . Así, dos generaciones de directores mexicanos estimables ya habían hecho buen uso de López Tarso cuando el sexenio echeverrista, en los setenta, alentó en una tercera generación los comienzos o las afirmaciones de sus carreras: José Estrada dio a López Tarso los primeros papeles de "Cayó de la gloria el diablo" (1971) y El profeta Mimí (1972); Jorge Fons, el de "Los albañiles" (1976); Julián Pastor, el de "La casta divina" (1976); Arturo Ripstein, uno de los de "El otro" (1984) . Creo que pocas cintas ofrecieron pruebas tan convincentes del talento de López Tarso como "El profeta Mimí" y "Los albañiles". Finalmente, me felicito de que la confección de este libro sobre Nacho López Tarso haya quedado en manos de Susana López Aranda, hija del actor v querida amiga mía. Susana es no sólo muy buena cinéfila, Sino excelente escritora, y tanto hace justicia este trabajo a las cualidades de la hija como a las del padre.

 

 

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