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Fotografía en México

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El Brindis

Pulque Tequila Mezcal cerveza

Al final de un largo exilio, anhelante de las limas de su Atlixco, el general revolucionario Adolfo León Osorio empuñó la pluma para inmortalizar este urgido requerimiento, versos que son parte de su imponderable “Canción del retorno”:

Dame pulque en los jarros
de Tonalá ¡anda, mi prieta!
¡Pulque! Que estoy cansado de beber champaña
y no quiero bebidas extranjeras.
Apam es más requetechulo que París
porque París no tiene magueyeras...

Intrépida, contundente, esta gema de la poesía vernácula, que su creador gustaba recitar vestido de charro y al trote de su cabalgadura, no es sino una más de las incontables licencias que las artes costumbristas y nacionalistas de los siglos XIX y XX, tanto las cultas como las populares, se permitieron con respecto a los gentiles frutos de esta tierra.

De nueva cuenta el hijo pródigo con rumbo al primigenio cuerno de la abundancia. Otra vez la elegía que pasa lista de presente a los aromas, colores, sabores, formas y sazones que son, debieran ser, la soldadesca de nuestro orgullo y la trinchera de nuestra diferencia. Un tributo más a la madre patria que, sublime en los combates, no se arredra en las horas domésticas, pone a un lado los laureles para mejor arrimarse al metate y al fogón, y en un santiamén se desdobla en matrona cocinera: el alma de los fandangos y las ferias; el espíritu encarnado en antojitos, guisos, dulces y bebidas; el resplandor de la mexicana alegría.

Al margen de sus líricos extravíos, en algo siempre acertarán los militantes del color local. No hay duda de que el perfil de lo que somos y el abanico de nuestros gustos y apetencias, mucho le deben a los productos y maneras con los que hemos saciado nuestra sed y satisfecho nuestro hambre. Buena parte de las claves de nuestro destino se hallan en las bondades o dificultades de la tierra y en el aprovechamiento de sus cultivos; en los trabajos que se requirieron para que los bienes agrícolas se volvieran costumbre de nuestra vida social y placer de nuestras papilas. Aquello que nos alimenta y nutre, que nos rodea como paisaje, se vuelve signo de identidad. 

En la filiación de los mexicanos están escritas todas las plantas y yerbas, granos y especies, tallos y raíces que, nacidos aquí o traídos de fuera, han permitido y acompañado su sobrevivencia histórica: el maguey, el maíz, el chile, el frijol, el cacao, el chicle, el trigo, la cebada. Todas las guerras y batallas, todas las conquistas y derrotas, todos los cambios políticos o económicos, las sequías o las inundaciones acaban por ser memorias de cocina, menús, recetas, anécdotas perdidas del tinacal, la fonda o la cantina. Pero los sembradíos y cosechas no son únicamente asuntos de bodega y alacena.

De los productos que son la carga de las mulas y el ferrocarril, mercadería de comercios y fábricas, aranceles y ganancias, también abrevan los mitos, los símbolos y las representaciones.

Somos lo que comemos y bebemos; en la grata compañía de nuestros brebajes y guisos, en torno de las mesas y manteles, nos sorprenden los retratos.

Atendamos, por lo mismo, al relato que nos cuentan la comida y los alipuces, la trama que se entreteje con las fiestas y celebraciones, con las artes del vivir. La historia que los héroes y próceres escriben con tinta de oro también se puede bocetar y estampar con chíngueres y aguardientes (algunos dirán que también con guácaras).

No hay más que decir que el dios Quetzalcóatl perdió su reino por una cósmica empulcada, que sin tequila se resecarían las lágrimas del cine y los boleros rancheros, que sin cerveza un tedio aún mayor se enseñorearía sobre los estadios de fútbol y béisbol, que sin estas y otras bebidas espirituosas vendrían a menos las riñas, las tertulias, las serenatas, las tragedias personales, los sermones, las caricaturas y los estereotipos para entender que México es, independientemente de los que han querido hacer con él sus salvadores y preceptores morales un largo y animadísimo brindis.

Son varios los capítulos que componen la inmensa obra de México a través de sus elíxeres: de líquido que el tlachiquero extraía del maguey, “árbol de las maravillas”, regalo del Dios Patecatl y de la Diosa Mayahuel con el que los antiguos habitantes del altiplano rociaban sus ritos, a los vinos mezcales que de la misma planta ingeniaron destilar los conquistadores cristianos; del neutle de las pulquerías coloniales al progreso de la cerveza porfiriana; del tequila de la revolución al tequila de las películas, artista invitado del rancho alegre y la sinfonola.

No menos grande es la enciclopedia de México a través de sus beodos, sempitermas manchas de la civilización, náufragos en los indiferentes ríos de nuestras calles y banquetas.

México, treinta siglos de esplendor (y crudas). En correspondencia a nuestro amor por los dulces y amargos tragos, es abundante el caudal de imágenes que dan testimonio de los trabajos, ambientes, protagonistas, cultos y penitencias del brindis patrio.

La fotografía, como las otras artes pictóricas, literarias, musicales y cinematográficas mexicanas, han agradecido la existencia del maguey y los agaves, explorándolos como bellas formas de la naturaleza, documentos etnográficos, paisajes sociales, reservas de lo típico y baluartes de lo nacional. En el proceso de democratización y socialización de sus registros, cuando el ojo fisgón de la cámara pudo transitar del encierro de los fotoestudios a la vida exterior de pueblos y ciudades de muchos modos, se topó con los hombres y mujeres que en su semblante, tufo y contoneo exhibían la medida y calidad de sus libaciones. Las imágenes de los ángeles caídos del alcohol han servido para los más encontrados discursos: ropa sucia que no se debe mostrar por denigrante, viñetas costumbristas sobre el curioso y hasta simpático comportamiento del peladaje en sus ratos de solaz y esparcimiento, ilustraciones de la higiene social en curso, denuncias del abandono en que el sistema la sociedad tienen a sus desvalidos hijos.

Congéneres del mismo vicio pero no compañeros de la misma cuna, por los periódicos y revistas ilustrados desfilaron los incróspidos con sus fotos rigurosamente compartimentadas: las recepciones de salón y las cocktail parties a las secciones de sociales; a las de nota roja los monstruos que, subidos de copas, desconocieron, balearon, machetearon y perjudicaron, a compadres y parientes; a las de deportes las noticias de campeones que perdieron lo ganado por causa de sus francachelas.

Todo esto completado por la publicidad que hizo de las botellas modernos talismanes y fuentes de eterna diversión. A lo largo de este siglo por lo que se ve en la recopilación de este brindis, los fotógrafos mexicanos han tenido que ser, voluntaria o involuntariamente, los corresponsales de una guerra de largo aliento, a la vez pública y soterrada: la guerra de las bebidas, el ajuste de las ofertas y los gustos que mando a unos líquidos al museo y a otros que mando al camión repartidor.

Algunas de estas imágenes buscan, a contracorriente el rastro perdido del pulque y su picaresca; o bien nos recuerdan de donde vienen y como se manufacturan los bravos licores que hicieron arder a José Alfredo Jiménez y enloquecieron al Cónsul de “Bajo el volcán”. Otras más se rinden ante la industrial multiplicación de las cervezas, confirman que esas espumas ya son parte de la tradición: las beben las máscaras, las sudan los danzantes, las

precisamente el titulado “Maguey”. 

Fue una solución salomónica que produjo una imagen que es algo así como su logotipo y que nosotros proponemos para esta ronda fotográfica en torno al pulque, el tequila, el mezcal y la cerveza: a lado de una cámara Pentax o Minolta florece una planta que es mitad maguey y mitad cebada. De las aguas de esa verde, azul y dorada mata, preparado de pasadas y presentes juergas, han de probar nuestros mirones invitados. No cover ni consumo mínimo. Deliciosas botanas gratis.
 
Fuente: Carmen Ramírez

 

 

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