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Antropología e Historia de México

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El movimiento muralista mexicano

Rufino Tamayo, el cuarto grande del muralismo mexicano


La lucha del día y la noche
(detalle)
Museo Nacional de Antropología
Foto: Rufino Tamayo


Rufino Tamayo nació en 1899, en Oaxaca. Huérfano a los 8 años, emigró con una tía a la capital mexicana; a los 18 asistió a la Escuela de Bellas Artes, antigua Academia de San Carlos. En 1921 fue nombrado Jefe del Departamento de Dibujo Etnográfico del Museo Nacional de Arqueología y en 1932 ocupó el cargo de Jefe del Departamento de Artes Plásticas de la SEP. En 1936 participó como delegado de la Liga Mexicana de Pintores y Artistas Revolucionarios, en el Congreso de Artistas de Nueva York. Durante los siguientes años pintó de forma independiente; realizó su primera exposición individual en 1926 en México y en 1937 en Nueva York, donde también fue profesor de la Dalton School. A partir de entonces dividió sus temporadas de residencia entre Nueva York y México, viviendo la mitad en una ciudad y el tiempo restante en la otra. En 1948, se realizó una gran muestra titulada "Tamayo, 20 años de su labor pictórica", en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, cerrando con esto una etapa en la trayectoria artística.

De los pintores que integraron la Escuela Mexicana, a diferencia de los otros "tres grandes", Tamayo no fue un pintor político. Como interpretó Justino Fernández: "No sintió como los muralistas anteriores, el nuevo tiempo como necesidad de un arte monumental, heroico: tuvo desde un principio una actitud personal y crítica".

 


La Música, 1933
(detalle)
Ex-Conservatorio
Nacional de Música
Foto: Rufino Tamayo


El origen zapoteca del pintor es una referencia importante para la comprensión de su pintura, ya que, como señaló Isabel Rico, el arte prehispánico es la reinterpretación del mito, que se va traduciendo al idioma plástico y cuya realidad se arraiga en el pensamiento. 

De acuerdo a Fernández, Tamayo asimiló con un lenguaje muy personal las experiencias estéticas del postimpresionismo; su obra -de una trayectoria homogénea, más bien precisa-, acusa una influencia de Cezanne y del cubismo en el análisis del espacio. Notable por el manejo de figuras o formas geométricas, realiza una síntesis libre de la perspectiva espacial, conjugación libre y simultáneamente compleja del espacio pictórico, en donde el uso profuso dinámico del color restablece armónicamente el equilibrio. 

Sus primeras obras -naturalezas muertas, "mundos poéticos", temas históricos y alegorías apenas sugeridos- poseen la "libertad refinadamente espontánea de las fieras" , y al mismo tiempo, la construcción cezanniana o del cubismo sintético del complejo espacio bidimensional.

Según Justino Fernández, el primer cuadro -obra de caballete- importante fue Retatro de Olga (1935) en el que destacan especialmente el sentido pleno, original del color. Al mismo año pertenecen Glorificación de Zapata, Llamada de la Revolución, Ritmo de trabajo y otras naturalezas muertas. 

Tamayo llegó a una síntesis y a una depuración por sus propios medios y encontró en la pintura bidimensional, y en general, en los principios de Cézanne, el modo más adecuado para destacar su sentido del color, inventando yuxtaposiciones y tonos originales y poéticos, visiones de un nuevo y vigoroso equilibrio. De 1941 a 1946 hay toda una serie de obras en plena posesión de los medios expresivos que había alcanzado hasta entonces.

Los animales entran en el repertorio de Tamayo como elementos simbólicos, organiza con ellos sus metáforas, con formas poéticas y nutrido colorido; éstos "sugieren la expectación: perros endiosados y jadeantes contemplan algo que está en lo alto". Son composiciones equilibradas a base de la sección de oro y de diagonales, y adquieren plena armonía por medio del color.

 


Nacimiento de nuestra nacionalidad,
1952 (detalle)
Palacio de Bellas Artes
Foto: Rufino Tamayo

Los murales de Tamayo

En 1932 se le encargó su primer mural titulado Música, en la Escuela Nacional de Música. En esta obra, terminada en 1933, la música aparece como figura simbólica, tratada humana y poéticamente.

Otro de sus murales, Revolución -Raquel Tibol lo llama El pueblo contra los tiranos-, de 1938 y también trabajado al fresco, fue realizado en el Museo de las Culturas. Se refiere a la lucha armada de México y representa el fin del régimen porfirista. Éste es uno de los pocos ejemplos en los que el pintor hace referencia al tema de la Revolución; en el caso de Tamayo no existe un compromiso político personal y así lo demuestran sus obras posteriores. A pesar de que el tema es de contenido político-social, no expresa, como Orozco, Rivera o Siqueiros, la tragedia del pueblo mexicano. Precisamente en esto radica la importancia y el atractivo de esta obra que, por otro lado, corresponde a una etapa de realismo en la pintura de Tamayo, caracterizada por el uso de tonos terrosos, opacos, así como por el uso limitado del color, compuesto por ocres, grises, cafés, negros, blanco y rojo.

Según los especialistas, ninguno de estos dos murales pueden considerarse obras acabadas. El primer mural que concluyó fue el realizado en 1943, en la biblioteca de arte del Smith College en Northampton, Mass.

De los murales realizados en el Palacio de Bellas Artes, encontramos Nacimiento de nuestra nacionalidad, de 1952. Fue realizado sobre tela de lino en bastidor de gran formato y trabajada con pigmentos de vinelita. Aquí desarrolla un tema frecuente desde los inicios del muralismo: el proceso revisión y búsqueda de la identidad nacional. Tamayo se identifica plenamente con el tema debido a su origen zapoteca; su visión, por lo tanto, parte de la realidad cotidiana para transformarse en poética universal. Milena Koprivitza señaló que el punto de partida para el tratamiento de la alegoría consistió en representar valores culturales europeos y americanos, marco espacial donde sucede un trance irreversible: el alumbramiento de un nuevo ser. El resultado, plenamente logrado aquí, se vincula estrechamente con el tratamiento que el pintor da al pigmento de vinelita como material expresivo plástico. Para ello empleó pocos colores diferentes entre sí. En cambio, juega con un rico, amplio espectro de tonalidades cromáticas que le dan un carácter sutil, de imprecisión en los contornos de las formas, restándoles peso a los volúmenes. Este mural sintetiza el pensamiento de Tamayo, su estilo propio plenamente consolidado que se basa en el manejo extraordinario del color, lleno de luz y de formas que, aunque sujetas al simbolismo narrativo, proyectan una total liberación del realismo.

México de hoy, realizado en 1953 y trabajado con la misma técnica que el anterior, cierra el paréntesis abierto por Tamayo en Nacimiento de nuestra nacionalidad sobre la perspectiva histórica. Aquí se ocupa de mostrar un resultado constructivo que establece sus fundamentos en el pasado. Llama poderosamente la atención por lo vibrante de la escala de valores cromáticos y por la gama del rosa mexicano, abundante en el arte popular mexicano y especialmente apreciado por el pintor oaxaqueño. Las formas de este mural, en proceso de desintegración, tienden hacia su esencia aun cuando son todavía reconocibles dentro de la naturaleza. En los murales del Palacio de Bellas Artes, Tamayo utilizó un lenguaje formal abstracto.

Los años durante los cuales Tamayo pintó las obras del Palacio de Bellas Artes, fueron decisivos para el marco de una nueva orientación del arte mexicano, así como para la transformación de su propia trayectoria artística. Esta nueva situación correspondió a un cambio social que repercutió en todos los niveles del país; a partir de este momento -con el inicio del sexenio presidencial de Miguel Alemán- se vivirá una etapa desarrollista que estimuló el turismo, la dependencia económica y el intercambio cultural con otros países, en especial con Estados Unidos.

Desde 1949 Tamayo inició una nueva etapa en la internacionalización del arte mexicano. De manera simultánea expuso en Nueva York, Bruselas, París. La renovación de su lenguaje formal significó para la plástica mexicana un nuevo estímulo que atrajo a las generaciones posteriores. Esta cualidad se observa en el manejo explosivo del color, en sus valores luminosos, además del tratamiento de la forma, que parte de la realidad para irla desintegrando sin perder del todo su figurativismo; éste abre un nuevo camino de expresión en la pintura mexicana.

 

 

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