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Antropología e Historia de México

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El movimiento muralista mexicano

Arnold Belkin


Mural portátil
Traición y muerte de Zapata, 1981-82
(detalle del panel 1, díptico)
Foto: Arnol Belkin


Durante los años sesenta y setenta, paralelo a una variedad de expresiones artísticas, en la plástica mexicana hubo un resurgimiento de la figuración; esto fue motivado por una preocupación de replantear el arte mexicano, retomando la historia a partir de la Revolución. Una variante de este arte figurativo heredó algunos aspectos de la Escuela Mexicana de Pintura, como la recuperación de temas con contenido social, como fue el ejemplo de Arnold Belkin.

Arnold Belkin fue uno de los más importantes exponentes del nuevo muralismo. Él planteaba que el arte debía tener una intención didáctica y proponer un discurso político. Como parte de este concepto, reivindicó el muralismo y lo renovó con una propuesta artística que integró aspectos tanto ideológicos como estéticos. Belkin revitalizó el discurso muralista, le dio una nueva dimensión ideológica y una plástica actualizada. A pesar de que su obra en general desarrolla una lectura descriptiva y narrativa de la historia, no por esto perdió la complejidad de su discurso estético, ni tampoco se transformó en una simple anécdota, como sucedió finalmente con la Escuela Mexicana.

Como artista comprometido con su tiempo, en sus cuadros están presentes temas relacionados con la guerra, la muerte, la injusticia, así como la esperanza por la paz, la transformación de la sociedad y la ciencia en favor del hombre. Incorporó el lenguaje estético y las diferentes disciplinas artísticas de su tiempo. Para elaborar su propuesta estética se apoyó en un trabajo de documentación amplio y profundo, desde una perspectiva crítica y reflexiva de la historia.

Arnold Belkin nació en Calgary, Canadá en 1930. Llegó a México a los 18 años y en 1958 obtuvo la nacionalidad mexicana. Estudió en la Escuela de Arte de Vancouver, y en la Escuela de Pintura y Escultura La Esmeralda, en Ciudad de México. Desde que llegó a nuestro país, se vinculó con la Escuela Mexicana de Pintura, una de cuyas expresiones máximas fue el Muralismo. En 1948 se incorporó al Taller de Ensaye de Materiales y Plásticos, en el Instituto Politécnico Nacional, taller que acreditó en 1950 con el mural El pueblo no quiere la guerra, hoy desaparecido. En esta misma época, fue ayudante de David Alfaro Siqueiros en el mural Patricios y Patricidas, en la ex Aduana de Santo Domingo, y en los murales sobre Cuauhtémoc, en el Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México.

El contacto con los muralistas fue una experiencia fundamental para Arnold Belkin; esto lo llevó a integrar en sus obras elementos compositivos y plásticos y, más adelante, a explorar un lenguaje plástico moderno, trabajando con diferentes recursos técnicos y audiovisuales, utilizando el proyector de transparencias, la fotografía y la serigrafía, principalmente.

Por medio de la pintura, Belkin se relacionó con la nueva danza y el teatro mexicanos. Su participación en este movimiento fue fundamental para su desarrollo pictórico, porque asimiló el concepto brechtiano del teatro, que procesó y le dio cuerpo y forma, voz y mirada crítica en las grandes obras que realizó en la década del setenta y principios de los ochenta. En sus obras posteriores a este encuentro, hay una enorme dimensión teatral, tanto como en sus ejercicios escénicos existe una congruencia profunda con las dimensiones de lo plástico. 

Belkin integró la experiencia de sus primeros años en México con su estadía en Nueva York y en Europa, al entrar en contacto con las nuevas tendencias artísticas de las décadas del sesenta y setenta, como el cinetismo y geometrismo; y en Europa, cuando descubre las posibilidades de expresar un pensamiento plástico y político por medio de los cuadros de batallas históricas. 

A principios de los años sesenta, época de rupturas en la que surgieron y se definieron nuevos caminos y tendencias en el arte mexicano, y al mismo tiempo, los artistas mexicanos comenzaban a rechazar los postulados de la Escuela Mexicana de Pintura, Arnold Belkin criticó el discurso nacionalista y el arte decorativo y anecdótico en que se había transformado la pintura mexicana ligada a la Escuela Mexicana de Pintura, y junto con otros artistas, se mantuvieron dentro de la tendencia humanista y universal al que había llegado José Clemente Orozco; su influencia determinó que artistas como Belkin optaran por un arte que pudiera ser comprendido por todos los hombres.

Ya que las problemáticas sociales constituían un factor importante en la creación artística, Belkin también rechazó el formalismo abstracto, aunque con una posición más abierta porque también se interesó por las innovaciones formales y técnicas de la época. En este contexto, Belkin, junto con el pintor Francisco Icaza, fundaron el grupo Nueva Presencia (1961-1963), derivado de "los interioristas", nombre que hace referencia a los artistas que trabajaban hacia una nueva figuración, dentro de la tradición expresionista de Orozco y contrarios a la tendencia formalista que se desarrollaba en Europa y Estados Unidos. 

La primera etapa de la trayectoria artística de Belkin concluyó hacia 1968, periodo en el que además de la influencia Orozco, experimentó con abstracciones orgánicas. Poco después se trasladó a Nueva York, permaneciendo allí hasta 1976 e iniciando un nuevo proceso creativo. En esa ciudad, donde confluían diversos movimientos sociales, Belkin se impregnó de un ambiente particularmente politizado y se enfrentó con los distintos lenguajes plásticos que proponían las vanguardias internacionales, como el cinetismo y el geometrismo.

 


Mural portátil
El golpe militar en Chile de
1973, 1975 (detalle)
Foto: Arnol Belkin


En Nueva York la figuración "belkiana" se transformó. Comenzó a realizar series y variaciones. Fue incorporando mayor variedad en su paleta, que en su primera etapa era más bien monócroma, y esto se debió a un proceso de investigación plástica y por el contacto que estableció con los nuevos conceptos artísticos de su momento. En este periodo, Belkin creó formas geometrizadas y combinó colores intensos para construir fondos sobe los que destacan las figuras, generando espacios dinámicos y efectos de vibración. A partir de la unidad temática, propone un recorrido visual que establece vínculos entre las figuras y los contextos, ejemplificadas en la imagen del robot, que representa la deshumanización del hombre, en contraposición a la figura del ser cibernético, encarnación humana del bien; éstos aparecen en las pinturas que celebran la ciencia al servicio de la humanidad y tendrán su momento de apogeo en la obra mural de la década de los ochenta.

En los años setenta, el trabajo de Belkin adquirió características posmodernas: utilizó distintos tipos de materiales, a los que dio una lectura contemporánea, formulando propuestas e interpretaciones estéticas, plásticas y políticas acerca de hechos y situaciones del pasado, pero desde su presente histórico y de su realidad. De aquí surgirán las primeras series y paráfrasis que realizó en torno al cuadro de la muerte de revolucionario Marat, del pintor francés Jacques Louis David, que le servirá de base para transformar su discurso visual. Belkin creó la primera serie de 16 pinturas, que terminó en 1972.

Hacia mediados de la década, Belkin incluyo la fotografía periodística en sus composiciones, pero como un recurso pictórico. Proyectaba la imagen fotográfica sobre un cuadro y la dibujaba o pintaba, utilizando además distintos lentes que le permitían proyectar sobre muros de grandes dimensiones. En este proceso, la pintura imita el efecto realista de la fotografía y aunque la imagen es una proyección fotográfica pintada, mantiene la sensación de estar ante algo tangible.

Las paráfrasis o citas de cuadros históricos le permitieron representar diversos temas políticos de su tiempo, dado el carácter narrativo y didáctico que contienen este tipo de pinturas. Por medio de la cita y la recuperación del pasado, actualizó la historia y a través de sus cuadros permitió al espectador establecer una relación más vivencial y conciente con su presente, al representar una situación específica como expresión del tiempo actual y no sólo como un hecho histórico. De esta manera, aquellos sucesos adquieren contemporaneidad, y el presente se convierte en historia. 

Este sentido histórico proviene de la estética brechtiana y su concepto teatral -que surgió desde la experiencia de Belkin con el teatro y la escenografía en México-, transformando su obra en una pintura de carácter épico y de gran teatralidad. El discurso histórico articula el lenguaje de Belkin, y en eso radica el contenido principal de su obra artística.

El teatro brechtiano propuso una nueva relación con el espectador que requería de un distanciamiento respecto a lo representado. La intencionalidad del teatro épico de Bertolt Brecht era enfrentar al espectador con una acción, en vez de insertarlo en ella, así como informar y crear nociones, en vez de conmover y emocionarlo. Al no involucrarse emotivamente con la escena, se plantea al espectador la posibilidad de reflexionar crítica y concientemente sobre la realidad.

Más adelante, y siguiendo la misma línea de la recuperación histórica, Belkin incorporó a sus obras hechos históricos contemporáneos o recientes: la Revolución Mexicana, la represión de los estudiantes en Tlatelolco, o la muerte del guerrillero Ernesto "Che" Guevara, entre muchos otros.

Durante los años ochenta, Belkin se enfocó principalmente hacia el desarrollo de la obra mural. Desde una perspectiva siempre crítica, abarcó los grandes temas del siglo XX, desde dos dimensiones históricas: los grandes y constructivos avances, y el proceso de mecanización y deshumanización del hombre. Entre 1980 y 1989 completó obras maestras, como la serie de dibujos murales realizados sobre papel amate, titulada Lucio Cabañas (1985-1986), y otras importantes obras como La matanza de los estudiantes en la Universidad estatal de Kent (1974); El golpe militar en Chile, (1975); Masacre de Mylai, (1976); Los hermanos Serdán: la lucha continúa... (1977).

En los murales realizado en esta década, Belkin trabajó a partir de la reflexión de temas históricos y políticos y de la experimentación con formas monumentales. En esta obras, el sentido de movimiento y la plasticidad son magistrales. El gran dinamismo está logrado por elementos compositivos como las franjas de colores, las fotografía y dibujos, el predominio de colores brillantes y agresivos y -característica fundamental de su obra- la creación de complejas articulaciones de formas y figuras que parecen abrazarse íntimamente.

 


Descubrimiento y conquista del
Nuevo Mundo, 1988
Biblioteca Pública de Popotla
Foto: Arnol Belkin

La obra de Belkin es el resultado de un trabajo continuo y profundo, logrado por medio de la búsqueda plástica y la experimentación técnica y pictórica, así como de los aspectos ideológicos que nutrieron y complementaron su trabajo artístico. En cada uno de sus cuadros hay un trabajo previo de investigación y documentación, que le da un sentido ideológico a su producción plástica. Belkin fue un artista que reflexionó en términos universales y plásticos sobre la estética y su realidad y tiempo.

Belkin descontextualizó la historia y la recuperó para trasladarla a su momento y dotarla de un nuevo significado. Asimismo, rescató el sentido deliberado del arte, en tanto contenido ideológico e histórico, y su obra pictórica es una gran síntesis plástica y una convergencia de los diferentes lenguajes del arte. Fue un artista que elaboró una estética compleja, que proyectó su mundo y su pensamiento a través del color, la forma y la plasticidad.

Realizó treinta murales en México, Estados Unidos y Nicaragua, entre los que se pueden mencionar Todos somos culpables -destruido-, que estuvo en la Penitenciaría de Santa Martha Acatitla en el Distrito Federal; en el Centro Cultural y Social Monte Sinaí, en los muros de la Universidad Autónoma Metropolitana UAM-Iztapalapa, en el Colegio Madrid de la Ciudad de México, entre muchos otros.

Durante más de tres décadas, Arnold Belkin se involucró intensamente en la vida artística del país. Se interesó por aspectos tan diversos como la danza, el vestuario, la escenografía, el teatro, la poesía y literatura; incursionó en la escultura y la gráfica, experimentando con todas las técnicas del grabado y la serigrafía; también realizó escenografías para danza y teatro. Fue director del Museo del Chopo, en la Ciudad de México y escribió diversos artículos y textos sobre arte. Escribió el libro "Contra la Amnesia", editado en 1978, en el que plantea una crítica a la propuesta estética del muralismo que había establecido Diego Rivera.

 

 

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