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Antropología e Historia de México

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Los volcanes, símbolo de México

Popocatépetl e Iztaccíhuatl



El eje del mundo prehispánico

En el año 1 caña, 1519, se reunieron en Amecameca los señores de los pueblos de la región con motivo de la venida de los blancos barbados por el oriente. Por consejo de los dioses, fueron a darles encuentro a los españoles en Cuahichac, en el paso del Izcateptl y del Popocatépetl, según cuenta el relato del cronista Chimalpin.

El lugar del encuentro no fue escogido al azar, puesto que para la mentalidad indígena éste era una área de frontera cuya separación daba identidades propias es los planos mítico-histórico. En el mundo prehispánico, los volcanes son protagonistas principales y los mitos cosmogónicos dan prueba de ello. Uno de ellos dice que fue en esta región volcánica, conocida como Tamoanchan, donde al principio de este Sol, Quetzalcóatl molió los huesos divinos y se sangró para dar origen a los hombres y, donde además, les dio el maíz.

 




Hay también una interpretación colonial que dice que, de acuerdo con el relato de los ancianos, los olmeca-xicalanca llegaron a las estribaciones del Popocatépetl e Iztaccíhualtl buscando el suelo florido de la suave vida que se llama Paraíso Terrenal y que cuando arribaron allí, alcanzaron a ver de donde manaba el agua. Otro mito, el de la huida a Tlapallan de Quetzalcóatl y la caída de Tula, sitúa un pasaje entre los volcanes, donde el hombre-dios dejó sus huellas en una piedra. Un relato mítico más habla de la relación entre el paraíso de Tláloc y el volcán.

Prácticas en el espacio sagrado

Vivir en vecindad con el paraíso Tamoachan entrañaba ciertas obligaciones, una de ellas era la de cuidar los ritos y las fuentes del agua. Los olmeca- xicalanca-xochiteca- quiyahuizteca-cucolca establecieron un adoratorio, el Chalchiuhmomoztli. En el adoratorio había un manantial sagrado, vigilado por estos extraños hombres, quienes tenían la capacidad para volar; además practicaban las artes de la brujería y podían tomar aspectos de fieras y bestias. Pero los chichimecas, al llegar a la zona, pelearon con ellos y los derrotaron, flecharon al manantial y éste se secó. 

Doble física: dioses-volcanes

Hacia el último siglo de la época prehispánica, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl son protagonistas vivos del mundo nahua. Ambos son dioses y testigos. El Popocatépetl se distinguió por ser un cerro al que reverenciaban los indios, pues simbolizaba fuentes de poderes relacionados con el agua y el dios vivo representable. El Iztaccíhuatl, era en sí una diosa, la Mujer Blanca, y tenía sus adoratorios y sacerdotisas propias.

La fiesta de cerros, el Tepeihuitl, era su ceremonia. Esta tenía lugar en la fecha que corresponde a los inicios de cosecha. Se hacían ofrendas con copal y después de rociar maíz a los cuatro rumbos bailaban y pedían buenas cosechas, además de ahuyentar tanto al hambre como a la hartura. También sacrificaban niños y esclavos.

El Mundo Profano

 



Las tribus nahuas se asentaron tanto de uno como del otro lado de los volcanes. De hecho, el Popocatépetl e Iztaccíhuatl partían al mundo nahua en dos: los chichimecas y los quiname, hombres de gran estatura. Ambos pueblos fueron derrotados por los recién llegados quienes, de inmediato, tomaron posesión.

Ser poseedor de las montañas resultó atractivo puesto que la naturaleza de los volcanes era "la mejor de la tierra", tanto por la temperatura como por la fertilidad y la riqueza de sus aguas. La gran variedad de árboles y la fertilidad de las tierras se vieron reflejadas en las exigencias tributarias de los mexicas.

Grabadas en la memoria quedaron las erupciones y fumarolas del volcán: el suceso coincidía con la muerte de uno de los fundadores de México, Tenuch, cuando además hubo plagas de langostas y sequía en Chalco. 

Moctezuma, a costa de varias vidas, logró saber cómo era el cráter del Popocatépetl. Los sobrevivientes relataron que el cerro estaba lleno de hendiduras que dejaban escapar el humo, le contaron que desde la cumbre se veía el mar.

Los signos del Dios

Fue memorable el cometa que se vio al oriente, por sobre el volcán. De hecho, se le considera uno de los augurios de la llegada de los españoles. Los informantes de Sahagún dijeron que era una llama, en forma piramidal que se vio todas las noches durante cuatro años. Más tarde Orozco y Berra interpretaron el suceso como una erupción del volcán Popocatépetl, como cosa maravillosa y perteneciente al cielo.

Salvador Rueda Smithers

 

 

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