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Antropología e Historia de México

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Los volcanes, símbolo de México

Los volcanes, época colonial



Popocatépetl e Iztaccíhualt
Entre la conquista y el desdén


Con el arribo de los españoles a las faldas del Popo y el Izta, en 1519, los dioses tlaloques dejarían de ser los guías espirituales del mundo indígena y los protagonistas principales, sagrados de un orden universal en el que el hombre y la naturaleza eran uno solo. La admiración que provocó en los españoles la vista de los volcanes despertó la curiosidad por la presencia del humo constante que arrojaba el Popocatépetl. Dicha curiosidad, aunada a los relatos mítico-religiosos, llevó a Cortés a mandar una expedición encabezada por Diego de Ordaz. Con la toma de México-Tenochtitlán en 1521, se agotaron las reservas de pólvora de los peninsulares por lo que decidió Cortés mandar de nuevo al Popo a dos de sus hombres a recoger azufre para la fabricación del explosivo. Esta proeza fue puesta en duda años después, dadas las condiciones del volcán, el cual se encontraba en actividad.

Cuenta la historia que fray Bernardino de Sahagún, gran perseguidor de idolatría, al enterarse de la presencia de adoratorios dedicados al culto de Iztaccíhuatl y a los dioses tlaloques ascendió a los volcanes con objeto de erradicarlos.

Una vez establecidos los españoles, fijaron su atención en los recursos naturales que los volcanes poseían. Así, las tierras, aguas y bosques de la región comenzaron a ser explotados en forma excesiva olvidándose de la preocupación indígena de no destruir el entorno natural.

Dicho interés en los recursos naturales tiene su explicación en la gran fertilidad que las tierras del valle de Puebla y Tlaxcala tenían para la producción agrícola, pues las cenizas arrojadas por el Popo se encargaron de abonarlas lo suficiente para hacerlas buenas para el cultivo. A esto hay que sumar la presencia permanente de agua para riego proveniente del deshielo de las cimas.

Desde los primeros años coloniales, la cercanía con los volcanes de las concentraciones urbanas más importantes -México y Puebla- estimuló y orientó hacia el mercado que estas ciudades representaron la mayor parte de los recursos forestales. A partir de ese momento, comenzó a darse un proceso devastador y desordenado de explotación forestal, encabezado por comerciantes y empresarios españoles.

La madera era utilizada para la construcción de embarcaciones, para la fabricación de vigas y tablones, para alimentar al fuego, etcétera.

La nieve o helado, introducido por los españoles, se obtenía recolectando hielo de las cimas nevadas cercanas diariamente desde temprana hora. Este era envuelto en una trapo húmedo o zacate seco para evitar el deshielo.

Los Volcanes y los científicos

 




La actividad que tuvo el Popocatépetl a lo largo de casi todo el periodo colonial movió a la oración protectora de los habitantes del altiplano. Estudios recientes revelan que el volcán arrojó intermitentemente humo, piedras y cenizas de 1519 a 1804. Sin embargo la ciencia novohispana no hizo nada por explicar o conocer acerca de la actividad que periódicamente mostraba dicho volcán. Los volcanes son mencionados en trabajos científicos coloniales sólo como punto de referencia geográfica. No es hasta estudios posteriores de la segunda mitad del siglo XVIII cuando se considera a los volcanes como objeto de conocimiento.

José Antonio de Alzate realizó una expedición al Popocatépetl de la cual surgieron observaciones de carácter atmosférico y geológico y de coordenadas geográficas mismas que publicó en su Gaceta de Literatura. Alejandro de Humboldt, en su visita al virreinato en 1803, si bien no desarrolló un trabajo científico profundo sobre los volcanes, en su Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España, hace un estudio comparativo con otras cimas del mundo conocidas en el momento. Además, promovió el interés del mundo científico por todo lo concerniente a las tierras novohispanas e inauguró la presencia de los volcanes mexicanos más allá del ámbito colonial.

Los volcanes han sido materia de inspiración para muchos poetas, sobre todo del periodo barroco. Tal es el caso de Juan Ortíz de Torres (1645), Alonso Ramírez de Vargas (1662-1696), Sor Juana Inés de la Cruz, quien en 1689 en el Villancico de la Concepción dedicó unos versos al Iztaccíhuatl y Mateo Rosas de Orquendo con su composición Indiano Volcán.

 

 

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