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Antropología e Historia de México

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Los volcanes, símbolo de México

Los volcanes en el siglo XX



Collage de volcanes:
el siglo XX


¿Qué significa vivir bajo los volcanes? La pregunta tiene una primera respuesta: la ambivalencia. La seducción de la belleza o la fascinación del riesgo. Ante los volcanes, los mexicanos del siglo XX han convocado dos polos, en ellos depositan parte de sus seguridades íntimas para luego descubrirlos como imágenes de desasosiego. 

Mirones que no son de palo

En 1915, Alfonso Reyes en La visión del Anáhuac sugiere, entre otras, cosas que el territorio es el primer indicio de la nación, que vivir bajo los volcanes sella un destino. Los pintores tomaron en sus manos iluminar aquellos parajes con los reflectores de la historia. Saturnino Herrán puso a los volcanes de escenografía para el nacimiento espiritual de la raza. Herrán no los describe: son presencias simbólicas.

Diego Rivera abonó generosamente la imbricación de los volcanes y la historia mexicana. En sus murales del Palacio Nacional, los hace acompañantes de las utopías prehispánicas.

Amores de hielo

Telón de fondo de la política pero también de los amores, los volcanes suscitan con frecuencia los ecos de un tema erótico.

La leyenda de los volcanes está teñida de referencias amorosas. Es una imagen de la unión imperfecta o del amor trágico. Así sucede en el famoso poema de Santos Chocano, que convierte al Popo y al Izta en personajes de una versión de Romeo y Julieta.

La retórica del paisaje

Los volcanes no son tan frecuentes como se pudiera pensar en el arte mexicano del siglo XX. Uno de los motivos fue el monopolio de Gerardo Murillo, que hizo de los volcanes, un tema al que dedicó no sólo sus pinturas y dibujos, sino muchos de sus libros de creación y de estudio científico. El volcán para el Doctor Atl era un punto de contacto: el lugar donde se concentran las fuerzas del cosmos. Sus volcanes están siempre sometidos a la oscilación de un espacio curvilíneo, y por tanto inestable y activo. 

Para Siqueiros y Frida Kahlo, el volcán toma el carácter de signo apocalíptico: boca de donde brotan o donde se hunden manifestaciones de poderío.

Doble retractación

 

Los volcanes han quedado ocultos detrás de la nata que todas las mañanas hace denso nuestro cielo. 


Los artistas parecen no haberlos olvidado del todo. Son muchos los impulsos y también las formas en que reaparecen los volcanes en las obras contemporáneas. Vicente Rojo, por ejemplo, ha revelado apenas hace dos anos una nueva serie de pinturas titulada Pirámides y volcanes. Jan Hedrix, artista holandés radicado en México desde 1979, realizó a mediados de los ochenta una notable serie de serigrafías bajo el título común de Cerro Negro. Desde una perspectiva más abstracta, Isabel Leñero pinta una idea mínima del volcán: la hendidura, el fuego y el chorro de magma, también como paralelos naturales de los procesos íntimos.

Los volcanes no podían estar ausentes en la pintura que la última década ha puesto a circular en una nueva versión de los emblemas nacionales, entre guadalupanas, coatlicues y corazones sangrantes. Ocurre así, por ejemplo, en el cuadro de Utopía (1992), de Mario Rangel Faz. Diego Toledo en cambio, los integra en La región más transparente (1990) en una visión alegórica de la ciudad.

Adolfo Patiño (1954) ofrece una variación interesante del volcán, como parte de la tabla periódica de los elementos patrios. Él ha hecho la recuperación de lo mexicano pero bajo una matriz de índole conceptual. Este, junto con Juan Francisco Elso ejemplifican una corriente conceptual y ritualista de creciente importancia en el arte latinoamericano.

Cuahtémoc Medina

 

 

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