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Antropología e Historia de México

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Los volcanes, símbolo de México

Arqueología




Lugar de los dioses

Los alrededores de la Sierra Nevada, frontera natural que separa las fosas de Puebla y México, poseían desde hace unos 25,000 anos un clima determinado por los volcanes que promovía la riqueza de especies de vegetales y animales, y contribuyó desde esa época al asentamiento de grupos humanos.

A la época de la dominación tolteca corresponden las primeras manifestaciones materiales de rituales en los volcanes, asociados seguramente, al culto al agua de lluvia, a los deshielos de las nieves y a las montañas en cuyas nubes se reúnen las nubes.

Los asentamientos agrícolas aztecas, -siglos XII y XIV- cultivaban la tierra comunalmente en terrazas, sobre todo en las laderas orientales del Iztaccíhuatl.

El Culto a Tláloc

Los adoratorios prehispánicos fueron construidos sobre puntos naturales que marcan los extremos del aparente recorrido del Sol sobre el contorno de la montaña, señalando de este modo el cambio de estaciones durante el año.

Dichos adoratorios nos hablan también de un saber astronómico que estaba asociado mediante los ritos y los mitos a una serie de deidades, así como de una cosmovisión que consideraba la montaña entera, a los dioses y al hombre como un todo en cuanto a su vínculo con el orden del universo. Sin embargo, se han hallado adoratorios que parecen haber estado dedicados al culto a Tláloc.

Los tlaloques eran los dioses de la lluvia, las tempestades, las heladas y granizadas. Con esto no quiere decirse que vivieran en las cumbres, sino que eran los mismos cerros personificados. A este grupo de dioses pertenecía Tláloc, el dios principal, dios de las aguas pluviales; y Chalchiuhtlicue, diosa del agua de las fuentes, ríos y lagos entre muchos otros.

Durante el siglo XI se construyen los primeros adoratorios en la región de los volcanes.

Estos, conjugan dos elementos: en los extremos de los sitios corren afluentes y nacen manantiales, lo que indica la relevancia del agua. Además se encuentran parámetros astronómicos que señalan solsticios y equinoccios.

 




En el Iztaccíhuatl se encuentra el sitio de Nahualac, el cual para su estudio ha sido dividido en dos: el estanque y el valle de las ofrendas. En este se han encontrado artefactos de piedra y de cerámica: vasijas y vasos antropomorfos con la efigie de Tláloc, alguna joyas sin piedras, puntas de proyectil de obsidiana, etcétera.

En el sitio de El Pecho se han descubierto artefactos de cerámica, instrumentos musicales, puntas de maguey para sangrado ceremonial, huesos, etcétera. Todo esto perteneciente al periodo postclásico. Otros adoratorios encontrados en el Izta son: El Solitario, El Caracol, El Amacuilecatl y la Cueva de los Brujos.

En el Popocatépetl, se localizan cinco sitios arqueológicos: el Teopixcalco, El collado de Nexpayantla, el sitio de Tenenepanco y el sitio de Barranca Grande, donde aún se pueden observar pinturas rupestres de Tláloc, Quetzalcóatl, Ehecatl, Chalchiutlicue y Xipetotec. Por un lado, en los adoratorios se llevaban a cabo las ceremonias de propiciación de la lluvia, aunque se sabe que también pudieron utilizarse como puntos clave de observación del comportamiento de la naturaleza para anticipar el clima de las temporadas de cultivo.

Así, los adoratorios fueron centros intelectuales y religiosos, eran observatorios astronómicos y muchas otras funciones que tal vez jamas entenderemos pues han sido alterados. Sin embargo los sitios y monolitos permanecen a pesar de la conquista, que con toda energía intentó destruir el orden indígena, sus templos y testimonios. Permanecen los adoratorios, semi sepultados, dañados, pero mirando hacia el mismo horizonte.

Ismael Arturo García

 

 

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