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Pedro Páramo

La Naturaleza de Rulfo

La Naturaleza de Rulfo en Pedro Páramo es un eco del mismo personaje. Así pues, la Naturaleza que lo envuelve se transforma en la expresión de sus intenciones y de sus sentimientos, se vuelve en una prolongación del propio personaje que, a la vez, determina el círculo dentro del que se mueve sin que exista nada más fuera de él.

La Naturaleza pasa a ser el principio y el fin de todas las cosas. Así, la esperanza de la existencia de un más allá que comprenda y que perdone no tiene lugar. Esta idea queda expresada, precisamente, en aquél del que debemos esperar una mayor comprensión, y que por su vocación debería representar la esperanza del perdón. Así pues, queda expresada en la boca del narrador al hablar del Padre Rentería: "(...) ¿Qué sabía él del cielo y del infierno?" y de forma irreverente el mismo Padre Rentería muestra su clara falta de fe en nada que no sea la materialidad que lo envuelve: " "Estoy repasando una hilera de santos como si estuviera viendo saltar cabras"¹". Es decir, la única fe que existe es la que se pueda tener en la Naturaleza. 

¿Dónde queda, pues, el alma humana? ¿dónde se sitúa en este relato sobre una tierra en la que no existe ni la fe ni la esperanza para nadie? La relación que se establece entre el hombre y la Naturaleza es tan íntima como la relación que se establece entre cuerpo y alma, es decir, se trata de seres humanos vueltos del revés: el alma no está concebida dentro del cuerpo, sino fuera. El alma, en fin, es la Naturaleza que lo envuelve, porque es lo que lo determina, de manera que solo si comprendemos esa Naturaleza comprenderemos también al hombre que se mueve en ella. Así, Bartolomé San Juan le dirá a su hija: "Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va haciendo puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndose en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre (...)"²

De ahí que no deba extrañarnos la presencia de los muertos repitiendo y recordando una y otra vez, en una muerte en vida, lo que fue de ellos ya que mientras la Naturaleza esté presente estará presente el personaje; y por ello, esa frontera impalpable entre la vida y la muerte tal y como comúnmente se concibe llega a difuminarse completamente sin que sea relevante cuándo un hombre está vivo y cuándo un hombre está muerto, pues es posible vivir en la muerte y morir en la vida. 

Esta afirmación se encuentra expresada en la dicotomía establecida mediante el contraste de dos tiempos que transforman un mismo paisaje. Así, se dará lugar a dos espacios delimitados, a dos Comalas según el tiempo en que se encuentra, según el pasado y según el presente.

Por ello, debemos destacar la fusión de espacio y tiempo que el autor lleva a cabo en la obra y que nos señala de forma explícita ya desde el principio de la novela, así dirá: "Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias"³ . Como podemos observar claramente en este fragmento, el narrador describe "ese tiempo" a partir de la percepción del espacio de Juan Preciado, en concreto a través del sentido del olfato que percibe y presenta el aspecto más cruento de la muerte y, sin embargo, el más natural: la putrefacción. 

Luis Ortega Galindo afirma que se trata de: "una Naturaleza animada (...) que condiciona el actuar de sus personajes no solo en lo social (falta de lluvias, zonas desérticas, soles abrasantes que hacen estéril la tierra), sino condicionadora del propio destino individual de cada hombre"4 . No obstante, parece que podemos ir más allá ya que esta Naturaleza "animada" es, en realidad, el alma del propio hombre, de ahí la presencia de esa condición social e individual que se otorga al paisaje, y de ese más allá desconcertante que se agota en un presente totalizador y agobiante. Porque es en el hombre donde se agota la existencia; aunque, lejos de ser representado como un posible consuelo, la ausencia de la voluntad racional de sus personajes lo convierte en el aspecto más trágico de la existencia del hombre: y es que el hombre no puede gobernarse a sí mismo y es por ello que se convierte en aquel muñeco de trapo a merced de sus propias pasiones, a merced de los elementos de la Naturaleza.
 
Fuente: 1 Rulfo, Juan, Pedro Páramo, pág. 29 2 Ídem, pág. 70 3 Ídem, pág.7 4 Ortega Galindo, Luis, Expresión y sentido de Juan Rulfo, pág.82

 

 

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