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Lourdes Almeida Huestes Celestiales

La identidad de los ángeles



Su mirada es, por decir algo, retadora. ¿O será que, por ser un ángel de quien se trata, no sabemos que sus ojos nos invitan a conocerlo? Pero si ese fuera el caso, ¿a conocer qué? Lo veo y me pregunto, desconcertado, por qué me refiero a él como si fuera un hombre, pues claramente sé que se trata de una mujer. ¿Me imponen sus alas el inútil género masculino?, ¿será esa su invitación, su reto?, ¿que viéndolo, viéndola, me atreva a descifrar su sexo? No quiero seguir adelante y me quedo pasmado frente a su figura, incapaz de reconocer la excitación, o aún más, evitándola, porque desconozco las frutas melindrosas que esconde su impudicia.

 



Su compañero es más explícito, sabe desde siempre el juego de los de su estirpe: todos en su mundo desconocen la sexual, y somos nosotros, los humanos, los que la padecemos día a día; a ellos, cuando se exhiben ante nuestra mirada, no les queda más que reírse, como él, de quien ose calificarlo, digamos de homosexual.
Bastarían las fotografías, donde espléndidamente se nos da una versión de Hod y Nétsah, para saber que la iconografía de estas huestes de los ángeles de Lourdes Almeida irremediablemente descalabra el sentido tradicional de la divinidad, o mejor aún, de esas emanaciones de la divinidad que llamamos ángeles.

No me equivoco, escondida en la maraña de símbolos que nutren las imágenes, es fácil toparse con una versión informe del árbol sefirotal, informe porque no corresponde ni al ascenso ni al descenso de las séfiras, pero todas están ahí, en la versión cristiana de los arcángeles: San Miguel, con indiferencia seráfica, matando a un dragón de tres cabezas; Uriel, blandiendo una inmóvil espada fulgurante, dentro de un corsette que tiene algo de sadismo; Rafael, mirando con nostalgia al infinito, ha convertido a un león en un pescado (recuerdo un verso de Sor Juana: "En peces convirtió simples amantes"); un Judiel incitador, que váyase a saber por qué es el único que nos enfrenta, burlándose de una ira que nunca poseyó; Sealtiel, quemando incienso como si le importara la divinidad, dueño de la belleza y frialdad de Afrodita; Gabriel, candidato a Lucifer, amenazando la gloria al subir por una escalera; y Baraquiel, enardecido, porque se adueñó del cuerpo de Nétsah, que me provocó desde el principio.

 

 

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